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CONSULTORIO DEL ALMA: CUENTA CONMIGO; Psicoanálisis, política y ciudadanía

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

Diques culturales o cómo criar a un sinvergüenza

Última de dos partes

 

En la primera parte de esta nota consignaba cómo, ante las dudas, muchos padres, se mantenían laxos respecto de la educación de sus hijos. La herida narcisista que deja en nosotros un padre “demasiado severo” o una madre “distante”, puede llevarnos a pretender que nuestros hijos no pasen por experiencias que nosotros mismos encontramos como desagradables; entre ellas: las exigencias, los regaños, los castigos o las carencias.

Si contrastamos las características del mundo que habitamos y para el cual, como padres, debemos preparar a los niños y jóvenes, la pretensión de preservarlos de todo malestar se torna irreal. 

La consecuencia de llevar adelante esta pretensión es una serie de problemas de grave expresión, y que corremos el riesgo de “normalizar”. Voy a referirme a un par de situaciones concretas:

Dos casos para el recuerdo

Ashley juega felizmente en un cumpleaños. El salón contratado para tal efecto cuenta con una divertida área de juegos, pero ha llegado el momento de partir el pastel. Lucero, la madre, quien de pequeña experimentó una fuerte exigencia disciplinaria por parte de sus padres, va por su hija, pero esta no quiere dejar de jugar. Lucero le explica con extrema dulzura que después de las mañanitas vienen las piñatas y los dulces. Ashley comienza una rabieta, que incluye gritos. En el clímax de la rabieta, la niña estrella con fuerza su mano abierta en el rostro de su madre. Lucero, desconcertada, no sabe qué hacer.

Brian es un niño muy especial. Aunque está a punto de cumplir 6 años, no cursó la Educación Preescolar. Sus padres, Ana y Carlos, intelectuales y bohemios, tampoco lo han preinscrito a la Primaria, pues su temprana experiencia escolar los ha llevado a concluir que la educación pública carece de calidad y coarta la libertad de sus educandos (aunque tampoco están en posibilidades de pagar la escuela privada que oferta una educación a su gusto). Es probable que Brian no asista a la escuela en el curso que inicia, pues el pequeño ha manifestado que “no quiere hacerlo”, pero no les preocupa demasiado, porque consideran que su hijo es demasiado inteligente y tienen la certeza de que ellos mismos podrían enseñarle a leer y a escribir, aunque en ocasiones, el niño cae en álgidos estados de angustia que no se pueden explicar.

La herida narcisista

En ambos casos, los padres, atravesados por las heridas narcisistas de su infancia, se ven seriamente conflictuados al tratar de imponer disciplina en sus hijos, pues temen hacerlos víctimas de lo que ellos mismos vivieron como afrentas en su niñez. En apariencia es una noble postura. Sin embargo, en ese “dejarlos hacer” —un estilo de crianza que adquiere una fuerte presencia en nuestra sociedad— quedan ocultas varias cuestiones que podríamos llamar engaños. Uno de ellos puede ser que los padres también obtienen su ganancia al evitar los conflictos con los hijos y el riesgo de perder su afecto. Puede parecer una apuesta conveniente, porque en apariencia es más fácil evitar malos momentos, pero las consecuencias no tardarán en notarse.

La semana pasada hablamos de los diques culturales: asco, moral y vergüenza. Perderlos de vista en función de la comodidad del niño y de los propios padres, tendrá como consecuencia que el principio del placer rija la vida de millones de adultos pretendiendo mantenerse libres de todo estímulo, privilegiando por sobre todas las cosas su gusto personal y su comodidad. Un escenario que quizá le parezca familiar.

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