Merced Reyes Martínez
Lo veo ahí gran parte del día, sentado frente a su laptop, dando clases a sus jóvenes alumnos; escucho fascinada sus entusiastas palabras, nutridas de tantos conocimientos que con paciencia trata de transmitir a esas mentes ávidas.
Él es un maestro forjado en el diario trabajo en las aulas, pero en estos tiempos de aislamiento lo he visto disponiéndose, con gran disciplina, a aprender el uso de las diversas plataformas desde donde ahora imparte sus clases.
Sí, su trabajo es muy noble, porque es un constante descubrimiento de nuevos mundos y de sus propias capacidades; en cada momento transcurrido deja un poco de su energía, de su paciencia, de su gran amor por su tarea.
Y al igual que él, muchos otros docentes están desempeñando su ardua labor para sacar adelante a sus alumnos, muchas veces renunciando a momentos de estar con su familia, porque en esta nueva normalidad, no hay horarios fijos, pueden ser requeridos no importando si es de mañana, tarde o noche, porque no solo es impartir clases, sino que también es convocado a reuniones de organización de la institución a las que prestan sus servicios.
En estos entornos laborales desde casa, se aprende a acomodar el estrés, el enojo por no tener la libertad de poder planificar una salida, una convivencia con los seres queridos, porque el trabajo se ha convertido en el área que cubre gran parte de las horas del día; uno contacta la maravillosa oportunidad de tener ese trabajo que nos permite tener un plato de comida en nuestra mesa; el enojo se convierte en agradecimiento y nuevamente se deja de lado esa desagradable sensación de vacío y de soledad, para valorar el estar vivos, creando algo en beneficio de otros.
Y la queja por lo que no se tiene, se convierte en la certeza de lo que sí tenemos y nos sentimos bendecidos.
