Wilhelm Hansberg*/ Ornela De Gasperin Quintero
El cambio climático es una amenaza para la supervivencia de la humanidad y de muchas otras especies. Entre más gases con efecto invernadero se liberan a la atmósfera, mayor calentamiento mientras mayor calentamiento, es más probable que lleguemos a los puntos de inflexión de los sistemas climáticos del planeta: la alteración del sistema llega a un umbral a partir del cual el cambio se acelera y se vuelve irreversible. Así puede ocurrir con el derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y de la Antártida, la muerte de la selva del Amazonas, y el colapso de las corrientes de circulación marinas globales.
A pesar de las múltiples advertencias y las reuniones sobre el cambio climático, las emisiones de gases con efecto invernadero globales siguen en aumento, un 1.5 % cada año. Se ha contaminado más desde 1992 que en toda la historia humana previa. La quema de combustibles fósiles está relacionada con el gran capital, que toma decisiones en función de sus ganancias, para hacer crecer los sectores económicos que contribuyen al PIB, como la moda rápida, la producción de plástico, la industria del transporte, incluidos los jets y yates privados.
Uno de esos sectores económicos que más contamina es el de las fuerzas armadas estadounidenses. Por décadas, hemos sabido poco sobre su contaminación, porque Estados Unidos presionó para que se eximiera la actividad militar del Protocolo de Kioto de 1997. Durante las negociaciones de París de 2015 se eliminó esa exención a los militares, aunque hasta la fecha su reporte es opcional.
Ahora sabemos que el impacto ambiental del complejo industrial militar es enorme. Se estima que el consumo de energéticos fósiles de las fuerzas armadas es de al menos un 5.5 % de la emisión de CO2 total. Con las más de 190 intervenciones militares de los Estados Unidos desde 1945 a la fecha, las más de 800 de bases militares en todo el mundo y un gasto militar equivalente al 40 % del gasto militar global, los militares de Estados Unidos son probablemente responsables de un 4 % en las emisiones globales. La maquinaria militar estadounidense es el mayor consumidor institucional de hidrocarburos del mundo, con más emisiones que países industrializados como Portugal y Dinamarca.
El gasto militar mundial ha aumentado un 37 % entre 2015 y 2024. En 2024 hubo un aumento del 9.4 % en ese gasto, principalmente en Europa por la guerra en Ucrania y en el Medio Oriente por la guerra en Gaza. Más aún, Estados Unidos ha presionado a los otros miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte para que aumenten el gasto militar a un 2 % del PIB de cada país.
Por otro lado, el monto solicitado por Donald Trump al congreso norteamericano para el gasto militar del próximo año fiscal es de 1.01 billones de dólares, que equivale al 60 % del presupuesto total. Además, Trump pretende invertir un billón de dólares en arsenal nuclear en la próxima década. Las grandes compañías armamentistas recibirán decenas de miles de millones en nuevos contratos para renovar instalaciones, crear nuevas bombas y mecanismos de lanzamiento.
Solamente del bombardeo y la invasión de Gaza, Israel emitió a la atmósfera 31 millones de toneladas de CO2 equivalentes en quince meses. Además, durante los primeros 15 meses de guerra en Ucrania se emitieron 150 millones de CO2 equivalentes. El precio de las guerras actuales es inaudito, no solo en el inmenso sufrimiento humano y la destrucción material, sino también en el costo que tiene en la contaminación atmosférica y el cambio climático.
Con las guerras y el enorme gasto militar, la humanidad entera pierde, pero hay otros que ganan. Los que se benefician con el gasto militar y la guerra son las empresas petroleras, las empresas armamentistas, los bancos corporativos y las financieras que invierten dinero en acciones de esas empresas y, por supuesto, la micro élite de multimillonarios.
Pero recientemente un nuevo sector ha entrado al negocio de la guerra: las compañías tecnológicas que venden a Israel sus servicios de almacenamiento de datos y de inteligencia artificial para identificar objetivos humanos y materiales e interceptar comunicaciones. Estos sistemas no son exactos ni están exentos de errores, por lo que su uso es probablemente responsable de miles de muertes de civiles.
La crisis climática es un síntoma terrible de nuestro sistema económico en el que unos pocos siempre ganan mucho y la gran mayoría siempre pierde.
*Dr. Wilhelm Hansberg
Investigador Titular C, Instituto de Fisiología Celular, UNAM
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