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El Andador de Letras: El chintul

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Abril Sánchez Aragón

Mi abuelo, "el teco Checha”, decía que una mujer con cabellera larga es realmente hermosa. "Una mujer con cabello largo enamora a los hombres”, también solía decir. Tal vez por ello, mi abuela Rufina (su mujer) y las tías Horfia y Estela (hermanas de mi abuelo) tenían una larga cabellera que, aunque no era abundante, sí era lo suficientemente extensa como para hacer con ella dos elegantes trenzas que, entretejidas con listones de llamativo color, se unían a un tramo más de listón de color negro a modo de hacer un poco de trampa y darle grosor a las trenzas que, terminadas en moño,  se dejaban caer una a una sobre sus senos.

Mi abuela ixhuateca y mis tías juchitecas eran auténticas istmeñas, “tecas” de corazón; por eso siempre platicaban en zapoteco cuando visitaban a mi abuela en el pueblo. Después de ponerse al tanto de lo que ocurría con la gente de sus pueblos, cuando el calor ya apretaba bajaban al río, allá por el “paso Nacho”, con sus enaguas que bailoteaban al ritmo de sus caderas y del soplar del viento, cargando en la cabeza esa grande batea de madera ya venteada llena de ropa y que, si seguía en uso era porque mi abuelo, hojalatero de oficio, la había parchado con retazos de lámina. 

Al llegar a la playa se despojaban del huipil y las enaguas quedándose únicamente con el refajo corto, bisuchucu le decían, el cual lo subían para cubrirse sus senos porque ellas no usaban sostén, aunque a veces los senos quedaban al desnudo. Así, sin morbo alguno, comenzaba la lavada de ropa que además del jabón de pasta, era tallada con bejuco de bolita y semilla de huanacastle.

Cuando los trapos estaban manchados, los ponían extendidos en la playa para que el sol terminara de desmancharlos; después de un rato los recogían y dando golpes al agua con ellos, los enjuagaban y los volvían a extender en la playa para secarlos.

Cuando terminaban de lavar se sumergían en las frescas aguas y regresaban a sentarse en la arena, escogían la cueste o refinada y con ella tallaban su cuerpo, auxiliándose una a la otra para tallarse la espalda. Luego nos mandaban al bordo, allí donde había yucuela a arrancar un poco de pasto; de las raíces extraían pequeños camotitos y los machacaban con las piedras para revolverlos con agua y vaciársela en la cabeza.

―Échenle chintul a su pelo— decían —mucho chintul pa’ que crezca, pa’ que tenga brío. Échale,  pa’ que  también huela rico.
En verdad olía rico, no sé si en realidad le daba brillo a la cabellera y si ésta se apuraba a crecer por la yerba untada, pero el aroma que desprendía sí era agradable, aún puedo percibirlo en mi memoria, ¡como en esos días!

Mi abuela ya es bastante grande, ella sus cien años ya ha cumplido y sigue teniendo un rostro muy hermoso, pero ya no va al río y su cabellera tampoco es muy larga, mis tías ya no están, ellas han partido.

Dicen que los zapotecas caímos del cielo y que por eso ellas para allá se han ido. Regresarán con la lluvia y volverán al río y a los campos haciendo que estos se vean más vivos. Las lluvias han comenzado, la tierra se está poniendo verde, el chintul se está asomando.

SEMBLANZA

Abril Sánchez Aragón es originaria de San Francisco Ixhuatán, Oaxaca. Maestrante en Educación por el Instituto de Estudios Superiores del Istmo de Tehuantepec. Es especialista en Español y Licenciada en Educación Secundaria por la Escuela Normal Superior del Istmo de Tehuantepec. Se desempeña como docente de Tecnología en Telesecundaria. Ha publicado en distintas revistas y en la antología "Entre surcos de la lectura. Homenaje a Sebastián Toledo", de Manuel Matus Manzo. Es autora de "La muñeca de Naila", libro digital, producido por el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO) y "Un sonido sin igual. Poemas didácticos".

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