Alejandro José Ortiz Sampablo
En la reunión de la formación de psicoanalistas del sábado nos encontrábamos abordando algunos aspectos básicos sobre la importancia de cierto conocimiento que el o la psicoanalista debe poseer para la ejecución de su arte, la investigación del alma. En este caso la clase no se circunscribió a lo que académicamente debe conocer el psicoanalista, pues generalmente en la formación de los colegas procuramos sostener una tensión entre ésta y la cotidianidad de la vida de quien dice tener el deseo de formarse como psicoanalista.
El saber cuenta
Si bien, cuando nos encontramos en la escucha de algún paciente es de esperarse que el psicoanalista se someta a la disciplina de no aplicar la cualidad de la entidad psíquica llamada Yo, la omnipotencia del pensamiento, que eventualmente se puede expresar en la tendencia de inmiscuir el conocimiento teórico, o incluso su visión de la vida a todo cuanto diga el o la paciente.
Esto no significa que, en ciertas ocasiones, no echemos mano del conocimiento, me atrevo a decir, de la vida, que pueda poseer el psicoanalista.
Cuando en el dispositivo clínico el psicoanalista echa mano del conocimiento teórico o de la vida (del mundo), definitivamente no lo hará para educar al o a la paciente, mucho menos para llamarle la atención o propinarle un regaño. Algunos terapeutas se valen de ese saber
para brindar explicaciones apresuradas o, en el peor de los casos, para colocarse como la medida del mundo y desde ahí emitir juicios morales a las conductas o síntoma de los pacientes. Así que, si tu terapeuta, psicólogo o psicoanalista realiza cualquiera de estas conductas, huye de ahí.
Otra advertencia
Cuando el psicoanalista se sirve del saber antes mencionado, será por dos motivos: para auxiliarse de este como herramienta para extraer información del paciente ya que por lo general en él se expresan las resistencias, pues en el ensamblaje de su narrativa dichas resistencias cercenan piezas, que muchas veces, sólo el amplio conocimiento de la vida permite al psicoanalista percatarse o suponer tales recortes.
Pero ese mismo saber de la vida, permite al investigador del alma, plantear las interrogantes o supuestos pertinentes para que el paciente confiese aquello que cercenó en su discurso. Todo esto se escribe fácil, pero para lograrlo se requiere, no sólo del saber, también de un indispensable entrenamiento, este entrenamiento lo llamamos Formación de los psicoanalistas. Podrán imaginar que adquirir tal
pericia, puede llevar al Yo a engrandecerse, lo que sería contraproducente, por lo que el entrenamiento mencionado incluye un ejercicio permanente que lleve al Yo a rebajar su narcisismo primario.
Ahora bien, si se trata de inmiscuir el saber teórico en el tratamiento de pacientes, un segundo motivo será auxiliarnos de este para extraer información o para llevar al paciente a reelaborar lo que le acontece, pero para ejecutar tal práctica se requiere un determinado tiempo en el proceso psicoanalítico, esto nunca es en los inicios del tratamiento.
Así que, si algún terapeuta, psicólogo o psicoanalista te brinda explicación de lo que te sucede desde su teoría, sin antes escucharte por un largo tiempo, huye de ahí, ese tratamiento te perjudicará.
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