La dependencia ecológica nos sume de lleno en el problema de los límites. Vivimos en un mundo que tiene límites ecológicos. Aquello que es no renovable tiene su límite en la cantidad disponible, ya sean los minerales o la energía fósil, y aquello renovable también tiene límites ligados a la velocidad de regeneración. El ciclo del agua, por ejemplo, no se regenera a la velocidad que precisaría cultivar maíz en un secarral o instalar campos de golf en un terrero desertificado. La naturaleza funciona a un ritmo que es fruto del ajuste de procesos enormemente complejos que se han venido desarrollando a lo largo de miles de millones de años de evolución y que no pueden ser controlados por la tecnociencia.
Existen nueve límites planetarios en los procesos biofísicos que son fundamentales para garantizar la continuidad de los procesos de la naturaleza. Estos nueve límites, interdependientes entre ellos, dibujan un marco dentro del cual la humanidad puede desenvolverse con cierta seguridad. Sobrepasarlos nos sitúa en un entorno de incertidumbre, del cual se pueden producir cambios a gran escala y velocidad que conduzcan a otras condiciones naturales menos favorables para la especie humana.
Los límites a los que nos referimos, se relacionan con el cambio climático, el ritmo de extinción de la biodiversidad, los ciclos del nitrógeno y el fósforo, el agotamiento del ozono estratosférico, la acidificación de los océanos, la utilización de agua dulce, los cambios de uso de suelo, la contaminación atmosférica por aerosoles y la contaminación química (plásticos, metales pesados, alteradores hormonales, residuos radiactivos, etc.).
De estos nueve límites, los cuatro primeros están sobrepasados. Hoy, ya no nos sostenemos globalmente sobre la riqueza que la naturaleza es capaz de regenerar, sino que directamente se están menoscabando los bienes de fondo que permiten esa regeneración. Hasta qué punto las sociedades están dispuestas a asumir los riesgos que suponen forzar los cambios en la autoorganización de la naturaleza tiene mucho que ver con las visiones hegemónicas del poder político y económico, dispuesto a casi todo con tal de obtener beneficios. Y también con el analfabetismo ecológico de las mayorías sociales que han interiorizado en sus esquemas mentales una inviable noción de progreso, de bienestar o de riqueza que resulta enormemente funcional para el sostén del sistema dominante. Conviene no olvidar que nuestra especie está adaptada a esta composición de la atmósfera, a esta temperatura media y que hemos co-evolucionado con una gran cantidad de vegetales, animales o microorganismos que son nuestros compañeros de aventura planetaria. Muchas de estas especies vivas, con las que interactuamos, desaparecen hoy a gran velocidad y cuando desaparecen se va perdiendo capacidad de adaptación humana a un entorno cada vez más cambiante. Desde un punto de vista mucho más mecanicista, tampoco podemos olvidar que existen límites al crecimiento económico impuestos por el declive de la energía fósil barata —fundamentalmente el petróleo— y el de muchos minerales imprescindibles para sostener las sociedades tecnoindustriales.
Reorganizar el conjunto de la economía y de la sociedad requiere tener en cuenta cómo funciona la naturaleza, cuáles son sus dinámicas y cuáles son los límites que no se deben sobrepasar —o más bien—, que no se hubiesen debido sobrepasar. Por ello, nos parece que una mínima alfabetización ecológica es absolutamente imprescindible para cualquiera que pretenda establecer propuestas de cambio. De no hacerlo podemos caer en el error de apostar por salidas de corte neokeynesiano, inviables desde el punto de vista físico.
N del E: Yayo Herrero López (Madrid, 1965) es una antropóloga, ingeniera, profesora y activista ecofeminista española. Es la investigadora más influyente en su campo a nivel europeo. Es doctora en Sociedad, Política y Cultura.
El asesinato del árbol de Robin Hood
La madrugada del 28 de septiembre de 2023 hacía muchísimo viento en Northumberland, Inglaterra. Fue el viento lo que impidió que los vecinos escucharan cómo alguien talaba uno de los árboles más queridos del mundo: el sicómoro de ciento cincuenta años que crecía junto al Muro de Adriano y que era conocido como el «Árbol de Robin Hood». Emblema del noreste de Inglaterra, se lo encontraron cortado al día siguiente: alguien lo había asesinado. Toda la comunidad se reunió en un duelo ante una pérdida inmaterial. Ese árbol era mucho más que un árbol, contenía su historia, su cultura, contenía la verdad del entorno, algo único e incapaz de ser expresado con palabras. ¿Cómo se llora una pérdida así? El jurista y defensor del medio ambiente, Christopher D. Stone, afirmó que los elementos naturales, como los árboles y ríos, deberían tener derechos legales y representación jurídica. (Agencias)
Responsable de la sección Ciencia y Sociedad: Leonardo Pino.
