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Cartas de temporada: improperios para Santa Claus

carta
Foto(s): Cortesía
Redacción

Mónica Ortiz Sampablo

Al fin ha llegado la temporada favorita de las cartas, las hojitas de papel felices de ser usadas, porque algo que no ha pasado de moda son las cartas para Santa Claus; cierto, muchos pensarán que son cartas sencillas y que solo tienen un fin: pedir regalos, pero les contaré que cierto niño escribió una carta de reclamo para Santa, estaba furioso.

Durante todo el año, sus padres le trajeron con el cuento de que debía portarse bien, ser obediente y aseado, sacar buenas calificaciones y dar besos a sus tías cuando llegaran de visita. El chico cumplió hasta con la última encomienda. Se esforzó con la obediencia; no replicó cuando su madre le reprendió por dejar que su hermano bebé llorara sin parar; tampoco cuando el perro, por descuido de su padre, entró y se orinó sobre el reposet en el que la abuela acostumbraba tomar su siesta. También se esforzó en cepillarse los dientes tres veces al día y bañarse diario. En la escuela obtuvo diploma de buen comportamiento y promedio de 9.7; lo más difícil era saludar de beso a las tías, pero lo hizo sin chistar.

Se tomó el tiempo para escribir la cartita a Santa; siempre había soñado con unos patines, una nave espacial y una pista de carros que lanzaban chispas al llegar a la meta. “Querido Santa: Este año me he portado muy bien, he sido el mejor hijo, hermano y sobrino; además, mis calificaciones fueron altas, junto a mi carta dejo mi boleta para demostrártelo, es por ello que te pido lo siguiente…” Algo así decía su carta, la colocó al pie del árbol y se  fue a dormir.

Su sorpresa fue mayúscula cuando con gran ilusión descubrió un par de cajas forradas elegantemente con la leyenda “Para el niño más bueno del mundo”. El contenido le sorprendió más: Un suéter azul con una aplicación de astronauta, una bufanda, un gorro, y en la otra caja un turista mundial. Quizá otro niño habría sido feliz al abrir estos regalos, pero no él. Alguien tocaba a la puerta, era el vecino, ese niño maloso que sacaba puro cinco en la escuela; venía presumiendo su carro automático y le preguntaba si quería salir a dar un paseo. La respuesta fue obvia; en lugar de salir fue directo a su cuarto a escribir la carta más indignante, llena de improperios que por respeto no puedo transcribir en esta nota; y créanme: llegó directamente a su destino.

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