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Vivir en Armonía: Témpora Aureus

Cuando logramos llegar a la tercera edad, algo que se valora con emoción, es el poder caminar.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Servando Nava Echeverría / Colaborador

Incursionando en el conocimiento de nuevas palabras, descubrí que témpora o temporis significa una etapa, un lapso, un tiempo determinado y aureus nos describe todo aquello que es dorado, radiante. Con estas hermosas palabras, lo que pretendemos es exaltar ese período de la existencia entre el inicio de la vejez y la muerte, que he denominado, petulantemente, témpora aureus.

Comencemos nuestra reflexión aludiendo a las palabras del gran filósofo chino Lin Yutang (1895/1976), formado en Harvard y Leipzig, que en su estupendo libro “La importancia de vivir” nos señala: “Amamos las viejas catedrales, los muebles antiguos, la plata vieja, los antiguos diccionarios y pinturas, pero nos hemos olvidado por completo de la belleza de los ancianos. creo que una apreciación de esa clase de belleza es esencial para nuestra vida, porque me parece que la belleza estriba en lo que es antiguo, maduro y bien ahumado”. Y luego agrega: «El ocaso de la vida se considera como el período más feliz, e incluso debemos anhelar esa edad de gloria y satisfactorio descanso, en que los viejos serán respetados por su sabiduría y tratados por todos con mayor dulzura y bondad”.

Este periodo es de la mayor trascendencia y por ello, tiene el carácter de dorado. Creo que no habrá lapso más saboreado, cuidado, disfrutado, anhelado, que ese espacio de la culminación de la vida, la última etapa de nuestra presencia terrenal. Pensemos en ello, porque todos llegaremos a ser viejos, (con excepción de los caídos en el camino), entonces tenemos que invertir desde la juventud para la construcción de una senectud saludable y longeva y se convierta en verdaderamente aurea. 

En esta época dorada, cada día tiene mucho valor por su exigua cantidad por venir, cada minuto está amenazado por las consecuencias de lo vivido y por los cambios degenerativos, imparables, como el precio por haber existido. Los alimentos son cada vez más apreciados por su dificultad para comerlos o quizás adquirirlos. Los libros se convierten en verdaderos tesoros que acompañan a la vejez y con ellos podemos viajar hacia atrás contra la resistencia de la fallida memoria, ¡pero los disfrutamos tanto!   y en esta etapa, muchos de ellos, indiscutiblemente, nos salvan la vida.

Nuestros hijos se convierten en luminarias de nuestro andar, en los apoyos para seguir avanzando, los hijos se vuelven como nuestros padres, ya que necesitamos de ellos y su presencia cercana nos ayuda y motiva a seguir. Los que tienen la bendición de contar con su pareja, que supieron continuar la brega, el camino, tomados de la mano, con perseverancia y sacrificio y no fueron desalentados por los placeres primitivos, su compañía se convierte en la mayor de las intimidades, superando las del pasado. Esta transformación, convierte a la pareja en linternas que iluminan su camino para ahuyentar a los monstruos de la incertidumbre, la soledad y del miedo. 

En el periodo dorado adquiere relevancia la presencia de personas maravillosas, entre los que se cuentan los amigos y la familia, que nos acompañan y nos defienden del penoso e imprudente aislamiento involuntario, circunstancia que muchos seres en la edad de oro, lo experimentan como maldición y se convierte de oro, en plomo grisáceo.

Cuando logramos llegar a la tercera edad, algo que se valora con emoción, es el poder caminar, el simple y sencillo fenómeno de trasladarnos, de sentirnos independientes, autosuficientes. Con esas piernas podemos aferrarnos al programa de acondicionamiento físico, a disfrutar de la puesta del sol, a recorrer las calles repletas de recuerdos de la juventud y de la infancia, de tocar la puerta de la casa que nos vio nacer, desplazarnos por aquel barrio de nuestros primeros amores, de los amigos de la juventud y así, el caminar nos lanza a lo ya vivido y nos brinda una oportunidad de avanzar hacia el breve futuro.

Entre el inicio del envejecer y el morir, nos acompañan continuamente los recuerdos. Viajamos al pretérito para abrazar aquello que tanto nos cimbró y nos hizo disfrutar del vivir y en esta etapa, los recuerdos los cuidamos, los arropamos, los escribimos para que la fallida memoria no los arroje al cajón o a los anaqueles de lo olvidado. Porque pensemos que la vida es simplemente una suma de fragmentos fugaces, que, agregados, se van convirtiendo en pasado y en recuerdos.

Sencillamente construyamos grandes momentos, para que cuando llegue ese espacio dorado, disfrutemos de nuestra existencia con pasión y sin temor de lo que está por venir, porque con un pensar lúcido y positivo, con esta rebosante experiencia acumulada, aprovechemos la luminosidad del actual vivir, antes de que se pierda y gocemos de este periodo de témpora aureus, para construir el legado, que es la culminación, la tarea obligada y con ello, postergar el olvido que seremos, diceret Héctor Abad Faciolince.

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