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Vivir en Armonía: Las consecuencias de una "ética comodina"

La ausencia de una Ética útil ha propiciado la aparición de corrientes sociales.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Dr. Servando Nava E. / Colaboración

Hay preguntas que seguramente nos formulamos todos los humanos: ¿Lo que hice en esta vida, estuvo correcto? ¿No afecté a otros compañeros del viaje existencial? ¿Soy una buena persona? Con mis actos, ¿he beneficiado a otros individuos? Y estas preguntas nos las formulamos porque en nuestro interior, si algo nos halaga, es el reconocimiento a nuestra buena conducta, que nos adulen una buena toma de decisiones, pensando, quizás, en el bien de los otros o de uno mismo; presumimos que nuestro actuar esté sustentado en esa disciplina maravillosa que se llama Ética. Seguro estoy que a todo mundo le halaga y satisface el saberse valioso, reconocido como una persona de valores, un ser realmente ético.

La Ética, ese desprendimiento de la Filosofía tiene el objetivo principalísimo de alcanzar el bien y la bondad entre todos los humanos. Esta disciplina tiene su aparición como tal, desde los tiempos de Confucio hace 2500 años, posteriormente Sócrates acuña el concepto, pero es finalmente Aristóteles, quien a este saber así lo denomina y lo deja plasmado en su Ética Nicomaquea (350 años a.c.), libro dedicado a su padre Nicómaco, quien fue su preceptor y guía en temas vinculados a la moralidad.

Esta disciplina busca enriquecer el don divino o cualidad eminentemente humana de la moralidad, ese don innato que poseemos todas las personas, consistente en la capacidad que tenemos los Homo Sapiens, de discriminar, de identificar, de reconocer que es el bien y que es el mal. Es un don intuitivo: si tu hija fuese violada, o te robaron la cartera, o el gobernador se enriqueció a expensas de las arcas públicas, (lo cual es muy raro), cuando se comete un homicidio doloso, se perpetra un secuestro, cuando tu pareja comete infidelidad, cuando el dictador populista miente flagrantemente y lleva a un país a la miseria o cuando tu vecino se orina tu pared, no te queda ninguna duda que es el bien y que es el mal. Por ello, la Ética es la ciencia de las virtudes, pretende que el ser humano despliegue una conducta admirable, positiva, sin dañar a nadie y para lograr tan grandes propósitos tiene como herramientas estratégicas a los Valores Universales; principios que limitan, contienen, disuelven o regulan a las Leyes de la Naturaleza Humana, a esos instintos primitivos que todos poseemos y que hemos heredado en nuestro ADN desde hace miles de años. Recordemos que estos instintos son la envidia, la codicia, la agresividad, el instinto sexual, la irracionalidad, el narcisismo, la máscara o doble cara, la necesidad de poder, la vanidad, los celos, la represión, el complejo de inferioridad, la ignorancia, el hambre, etc.

Es de tal importancia esta búsqueda de la armonía entre los seres humanos, que se implantó la Ética prácticamente en todo el mundo, como una asignatura académica desde hace cientos de años. Todos hemos tomado esta materia en el bachillerato o en las carreras profesionales. Al paso del tiempo, con el arribo del materialismo y a partir de la industrialización de la humanidad, del consumo acendrado, de la competencia para sobrevivir, de la masificación de la vida, del afán obsesivo de alcanzar la prosperidad por caminos, frecuentemente no muy correctos, lentamente la Ética se fue olvidando, se fue quedando en el camino, hasta que, al día de hoy se ha convertido en una materia de relleno (si bien nos va), en una Ética de aula sin importancia, elitista, de grandes maestros, o quizás, solo accesible para quien acude a las grandes universidades, hasta prácticamente volverla incomprensible, sin repercusiones; porque se ha enseñado desde hace siglos pensando en la armonía entre las personas; concluyendo que simplemente no ha funcionado, ha fracasado estrepitosamente, ya que de haber sido útil o funcional, el mundo sería un paraíso. Veamos a nuestro alrededor, pareciera todo lo contrario, vivimos en un mundo de antivalores; con frecuencia en el caos. Es conveniente señalar que siempre habrá muchas excepciones a lo dicho.

Requerimos de una Ética pragmática, útil, de aplicación cotidiana, formativa y permanente, no de una cartilla moral, no, necesitamos de una cultura ética profunda, amena y comprensible, de orden universal, (jamás sustentada en una ideología), que se enseñe diariamente, que penetre en todas las personas: desde la escuela primaria hasta culminar una licenciatura, desde el obrero más sencillo hasta el gerente de la organización laboral, desde el ama de casa hasta el político más encumbrado, del trabajador sanitario hasta el científico más avezado y solo así, quizás, podríamos ir instalando una cultura de valores de manera sistematizada y será una tarea de orden generacional el girar hacia una actitud constructiva, positiva y confiable.

La ausencia de una Ética útil ha propiciado la aparición de corrientes sociales, tendencias, modas o formas de pensamiento como son la Permisividad (pensar que poseemos el derecho a hacer lo que se nos ocurra), el Hedonismo (la búsqueda obsesiva del placer por el placer mismo), la flojera, la violencia, la delincuencia, la vulgaridad, la coprolalia, la barbarie, el abuso de las tecnologías, los populismos, el libertinaje (el abuso de la libertad), la mentira, la prevalencia de conocimientos superficiales, etc. Tenemos entonces, la gran tarea de educar en valores, de rescatar una Ética funcional y abatir esas pésimas conductas que a diario nos avasallan y que tienen pletóricas las pantallas, los noticieros, la mente y el corazón apretado de muchos individuos racionales, ante tal vorágine de malos acontecimientos; muchos de impredecibles consecuencias. El problema, que no es menor, es que son muchos, son millones las personas que carecen de una cultura ética. Siempre diré que, aunque sean miles y miles las excepciones, las personas valiosas, de valores, es menester señalar que son millones los seres humanos que no tienen educación ética, ni valores, por lo tanto, sin duda alguna, no con confiables.

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