Por Fausta Ibáñez Ríos
A menudo, la búsqueda implacable de la excelencia esconde una faceta del narcisismo que pocas veces nos atrevemos a nombrar: esa que nos obliga a ser impecables para sentirnos valiosas. En esta confidencia, exploramos como el miedo al error se convierte en el mayor saboteador de nuestros sueños y proyectos.
A veces me miro al espejo y no veo a una mujer, sino a un proyecto en construcción que jamás termina de ser “suficiente”. Si eres mujer, y te levantas temprano por la mañana para que tu casa se vea impecable, si te miras al espejo y te encuentras un sinnúmero de imperfecciones o si revisas una y otra vez un correo electrónico antes de enviarlo por miedo a una coma o palabra mal puesta, seguramente sabes de lo que hablo.
El peso del día a día
Vivir así es agotador. Cada error cotidiano, un correo con una errata, un desayuno que se quema, un mal día en el trabajo, no los siento como un tropiezo normal de la vida cotidiana, sino como una grieta en mi coraza. “Si no soy perfecta, ¿quién soy?”, dice esa voz interna que me hace creer que soy el centro de las miradas de todos, y que un sólo fallo me despojará del afecto y respeto de los demás.
A veces siento que vivo bajo la mirada de un juez invisible, pero implacable. En el psicoanálisis Sigmund Freud lo llamó Ideal del Yo: esa versión perfecta y glorificada de nosotras mismas con la que nos medimos cada instante. El problema es que esa vara está puesta tan alto que, en comparación, la realidad siempre se queda corta. Cuando mi energía —libido— deja de volcarse en el placer de crear o de conectarse con otros y regresa obsesivamente a cuidar mi propia imagen, el mundo se vuelve pequeño. Me quedo atrapada en un narcisismo silencioso donde no busco ser feliz, sino ser impecable para no defraudar a ese modelo mental. El estrago es profundo: termino enamorada de una estatua de mármol que pretendo ser, mientras mi yo real, el que se equivoca y crece, se siente cada vez más solo y agotado.
El gran saboteador: El proyecto que nunca empieza
Tengo libretas llenas de ideas, negocios que emprender, cursos pospuestos, pasatiempos anhelados. Pero se quedan ahí, acumulando polvo, tristeza y desasosiego, porque mi voz interna me exige que el resultado final sea perfecto desde el minuto uno.
Si quiero abrir un negocio, me paralizo pensando en que el logo no es muy original, el plan no es infalible y que no soy experta en mercadotecnia. Si quiero tocar un instrumento me frustra que mi primera melodía no sea una obra de arte digna de escucharse. Mi Yo no tolera el proceso de ser "principiante". Eso implica ser vulnerable, cometer errores, verme torpe y aprender en público. Es algo que mi ego no puede soportar.
Prefiero la fantasía de poder hacerlo increíblemente bien, a la realidad de hacerlo mal mientras aprendo. Así, la idea perfecta se queda a salvo en mi cabeza —en ese ideal narcisista—, y yo me quedo exactamente en el mismo lugar: frustrada, pero "impecable".
¿Cómo respirar tranquila y detenerme a observar que la vida real es desordenada, que los grandes proyectos surgen de fracasos e intentos fallidos?
Un acto liberador: asumir la castración
Para el psicoanálisis, la verdadera salud no es alcanzar la perfección, sino reconciliarnos con nuestra propia "castración". Reconocer que somos seres incompletos es,paradójicamente, lo que permite desear y crear, y no llegar a ser cadáveres vivientes, eso sí, con muchos anhelos. Si yo fuera esa estatua perfecta de mi imaginación ya no tendría nada que aprender ni lugar a donde ir. Estaría terminada, y lo terminado, queda estático.
Al aceptar que el error es parte de la trama, la parálisis desaparece. Ya no necesito que mi próximo proyecto sea "la obra maestra"; sólo necesito que sea mío, con todas sus grietas y balbuceos. Ser imperfecta no es una derrota; es el inicio de la libertad.
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