Por Jonatan Sibaja Tapia
Queridos lectores, quiero compartirles la alegría que he sentido los últimos meses relacionada con la materialización de un anhelo que me acompañó por varios años y que acaba de concretarse: montar mi propio consultorio. Ahora que este espacio es una realidad, no pude evitar recordar el recorrido que emprendí para este propósito.
Al principio me enfrenté con algunas limitaciones técnicas y económicas. Recuerdo una conversación con mi analista en donde trabajábamos la incertidumbre que me provocaba este comienzo. Él supo aminorar esa sensación comentándome sobre la precariedad de sus inicios. Y añadiendo —puedes atender debajo del árbol y llamarle terapia del árbol—. Lo que escuché fue revelador, quizá no era ese el sentido del señalamiento, pero entendí que lo importante es dar inicio y sostener los proyectos, aun con las limitaciones que nos habitan.
Lo anterior, acompañado de mi insistencia y necedad me llevó a hacer los cambios necesarios para montar el consultorio con un ánimo alegre, abrí camino a la búsqueda del espacio para hacer el acondicionamiento, me dedicaba por las tardes a la remodelación del interior, así como al amueblamiento y al trabajo de jardinería. Había otros detalles, que me demandaban hacer algo al respecto y me sorprendí de la gran cantidad de trabajo que requerían.
Este nuevo lugar, me permitió poner en marcha mi práctica clínica psicológica, hoy psicoanalítica; además de tener la oportunidad de realizar algunas actividades dirigidas a mi comunidad. Recuerdo la charla inaugural, donde se dieron cita compañeros de trabajo, conocidos y curiosos. Poco después di mi primer taller en un espacio propio dirigido al mundo creativo y emocional de niñas y niños que titulé: “Amor a Montones”, ya les platicaré en otra nota sobre ello.
Esta nueva herramienta, mi consultorio, me ha dado la confianza suficiente para emprender otras actividades que suman a mi formación profesional y que deseo beneficien al lugar de donde soy, Jalapa del Marqués. Anhelo afianzar mi quehacer clínico en mi pueblo —tierra a la que le guardo mucho cariño—, y por qué no, en todo el Istmo de Tehuantepec, con este espíritu que empieza a habitarme, el comunitario.
*Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida.
