Por Ana Carolina Yáñez Orozco
A los 4 años, mientras cursaba el Jardín de Niños, me enteré de que la madera se extraía de los árboles. Esa novedad me dejó inquieta y emocionada, pues poseía un saber con el cuál podría impresionar a mi madre, eso hizo que se lo platicara a la primera oportunidad:
—¡Mamá!, ¡Mamá!, ¿Sabes de dónde sacan la madera? — le dije.
—De los árboles— me respondió, sin ánimo de alimentar mi sorpresa.
En ese momento, sentí como se me apagó algo en el pecho y se transformó en una sensación que, a esa edad, no supe cómo explicarme a mí misma, pero sin duda hubo desencanto por la respuesta de mi mamá.
Este impacto y la posibilidad casi nula de mi madre de sorprenderse de las simplezas del mundo, modificó mi forma de reaccionar ante la maravilla de lo desconocido y poco a poco se inhibió la expresión de mi entusiasmo. Así que para cuando descubrí que las llantas se fabricaban con caucho sintético, un derivado del petróleo, mi alegría por este nuevo conocimiento fue absolutamente interna. Sentía que mi capacidad para exteriorizar mis emociones respecto a los nuevos saberes se esfumaba antes de tomar forma en el concreto sólido de la expresión.
Hoy en día, en mi adultez, me suceden dos cosas como consecuencia de esta temprana experiencia infantil: 1. Que la seriedad forme parte de mi esencia como proceso forjado; 2. Cuidar que mis sobrinos conserven su entusiasmo cuando me cuentan sus descubrimientos sobre las cosas nuevas que se les revelan cada día.
Mi seriedad no la traduzco como incapacidad, pero se asemeja más una prohibición para sobresaltarme con lo que me saca de juicio, con aquello que toca mis fibras más sensibles.
Acompañar a mis sobrinos en sus exploraciones y ver cómo van adquiriendo la habilidad de desenmascarar lo que estaba oculto para ellos…, es un cuidado que tengo presente y disfruto en mis adentros su capacidad de asombrarse y verlos sonreír.
Este nuevo recorrido de mi formación como psicoanalista me hace caer en cuenta de que lo infantil no es exclusivo de los niños, sino algo que también forma parte de mi mundo interno. Al resignificar esos momentos puntuales de mi historia me doy cuenta de que recupero poco a poco una capacidad que se me fue de las manos por la respuesta de una madre que, ensimismada en sus propios procesos, no se percató de que estaba frente a una niña con inquietudes a las cuales quería nombrar.
