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Lecturas para la vida. Clara y la caída del padre

Clara recordó que cuando sus padres se separaron, ella eligió vivir con su madre.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Fausta Ibáñez Ríos

Clara llevaba varios años sin ver a su padre, recordaba su figura imponente con una maleta en mano en el umbral de la puerta, justo antes de salir tras el portazo. Después de ello vivió sola con su madre, Mariana, quien le enseñó a realizar actividades de la vida cotidiana. Durante el transcurso de los años su mamá le provocaba sentimientos encontrados desde el enojo, ya que no le gustaba que le dijera como hacer las cosas, también la culpaba de haberla separado de su padre, en otras ocasiones la veía amorosamente por la dedicación que tenía con ella. Guardaba la fantasía de que, si su padre estuviera viviendo con ellas, la querría más que su madre.

Clara recordó que cuando sus padres se separaron, ella eligió vivir con su madre, pero esa añoranza hacia el padre se intensificó con el tiempo, provocando que Mariana le exigiera al exesposo que se hiciera cargo de Clara dos días a la semana y, sobre todo, que compartiera tiempo con ella. 

El milagro se hizo. Clara logró el anhelo de estar con su padre cuando comenzó a pasar los fines de semana con él; pero todo lo anterior sucedió a medias, ya que su padre la mantenía encerrada en la habitación para que por motivos desconocidos no conviviera con las tías, tíos y primos. Durante ese tiempo, confinada, Clara comenzó a acordarse de las discusiones que sus padres tenían; Mariana se quejaba de que él no aportaba suficiente dinero, se iba de juerga con los amigos, y no colaboraba en los cuidados que requería la crianza de Clara.

Después de su experiencia y de acordarse de ciertas vivencias desagradables Clara le confesó a su mamá que ya no deseaba ir con él, que su papá no la quería, se daba cuenta de muchas cosas, le dijo: a mí no me hace tonta, yo sé que no me quiere. A Clara se le cayó el velo cuando un día se presentó en el trabajo de su padre, y éste la rechazó abiertamente prohibiéndole ir a verlo. Le dijo que no lo buscara más, que tenía otra vida hecha, y que ya daba pensión por ella. En ese momento la figura imponente que recordaba de su padre se desvaneció.

Ahora, en medio de su ceremonia de graduación, al mirar a lo lejos a su padre, lo ve como un hombre pequeño, cobarde y asustado de la vida.

faustaibañ[email protected]

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