Zygmunt Bauman (1025-2017) fue un sociólogo judío de origen polaco, quien nos señaló, hablando del tema de La Soledad, “…que estamos hiperconectados y, sin embargo, hambrientos de compañía real. No me fascinan los likes, ni los contadores de amigos digitales; me preocupa lo que esconden: el temor de fondo a ser abandonados, a no pertenecer a ninguna mesa, a ningún grupo. Esa es su peor pesadilla, aunque muchos no lo reconozcan…”. Y continúa compartiéndonos con exacerbada sabiduría: “…No es lo mismo estar solo que sentirse solo, soledad no deseada. Esa es la que duele y desgasta. La que se instala, aunque no nos falte gente alrededor. Por ejemplo, la del hombre solitario en medio de la ciudad, la de las personas que se sienten solas, aunque tengan gente a su alrededor. Y que no se cura con más ruido...”.
Bauman nos habla “…de la importancia de construir relaciones. Algo más difícil y más fecundo frente al miedo: construir pertenencia. Hacerla, no esperarla. Pertenencia en lo pequeño: una rutina compartida, un “¿cómo estás?”. Pero no un “¿cómo estás?” automático, sino con significado e interés genuino. La pertenencia no se ha de confundir con compañía de consumo. No es entrar en un bar a beber y saludar a convecinos de barra con los que no te une nada. Pertenencia es que te sostenga cuando no tienes fuerzas y que tú sostengas cuando le toque al otro...”.
Y también nos pide reconciliarnos con otra palabra: Solitud. “…La Solitud no es abandono; es estar a solas sin sentirse roto. Es apagar el ruido para escucharte. También hay que tener momentos para nosotros, con un cuaderno para apuntar ideas, con un paseo o la lectura lenta. Esos momentos para nosotros dentro de esa protección que es la comunidad…”.
Definitivamente una de las medicinas para curar la soledad involuntaria o la soledad acompañada es el valor de la compañía de calidad, de la verdadera amistad. Porque no es igual estar con cualquier persona, simplemente por estar acompañado, que estar junto a individuos empáticos, afines a nosotros, que nos brinden con sus palabras y acciones, expresiones de afecto y amistad y que sus acciones lo demuestren.
Bauman recurre frecuentemente a “…evitar el aislamiento, la inseguridad en las relaciones y el temor existencial a la exclusión social…Afortunadamente, hay formas de superar el miedo a estar solo y crear lazos sólidos en cualquier época de la vida. Para conseguir esos vínculos has de poner de tu parte...”. Bauman insiste en que “…las redes facilitan “eliminar” al otro cuando incomoda. La vida no. Aprende a disentir sin romper la relación, a preguntar antes de juzgar, y a pedir perdón con rapidez…”.
Se encuentra tan extendido el tema de la Soledad oprobiosa, que desafortunadamente nos hemos adaptado, evidentemente con mayor fuerza entre las personas de la tercera edad. Pensamos que es normal que el viejo esté sentado por ahí solitario, arrumbado en la esquina, sufriendo el Síndrome del bulto, percibiendo la indiferencia de sus seres queridos. Obviamente que no se puede generalizar, pero el asunto toma un cariz de inquietud, cuando un gran porcentaje de los viejos viven el abandono físico y emocional. Al viejo solo le queda echar mano de sus recuerdos y al simple conjuro de su deseo, recorre las regiones frías y mudas de su pasado y la desazón en su corazón florece, y el viejo solo esta anhelante de ser tomado en consideración, de ser escuchado. Y así pasa el viejo como fantasma, como trebejo, como marginado, apretado por esa sensación dolorosa que da la soledad y si ese viejo ha llegado a esa edad sin haber cumplido con sus sueños o sus metas, la soledad se convierte en condenación, se conjuran las emociones de lo que no se logró y se exalta el vacío.
Aprendamos a acompañar a nuestros viejos, para ayudarles a mitigar su soledad, y no dejarlo solo mucho tiempo sumergido en sus pensamientos. Para reducir tan atribulado sinsabor, de vejez y soledad, enseñemos a los jóvenes, que el ser humano está obligado a culminar la vida, no a terminarla, porque solo los mediocres la terminan y seguro estoy, que, con la obra terminada, paliamos la soledad y quizás, encontremos la realización personal y la trascendencia tan necesaria, para darle sentido a nuestra existencia.
