Por Rafael Alfonso
Ya decíamos en la nota anterior que la instancia psíquica llamada Yo quiere ser siempre coherente en su narrativa. En el dispositivo clínico, esa "coherencia" es precisamente lo que intentamos suspender. Lo que el joven llama "hablar por hablar" con sus conocidos es, en realidad, un relato filtrado por el Yo. Lo que nosotros buscamos es ese material crudo que, aunque parezca irrelevante o vergonzoso, es el que realmente arroja luz sobre el origen del padecimiento.
A menudo solemos escuchar que "un amigo es el mejor psicólogo". Aunque la amistad es terapéutica en el sentido afectivo, no es psicoanalítica. El amigo escucha desde la empatía. Si un niño cuenta que se siente triste, el amigo probablemente intentará animarlo, darle un consejo o contarle una anécdota similar para "empatizar". El familiar, por su parte, suele escuchar desde la angustia o la expectativa; quiere que el niño esté bien porque su malestar le duele o le incomoda.
El analista, en cambio, ofrece una escucha neutral y acogedora, pero despojada de esa urgencia por "arreglar" el problema con un consejo superficial. Al pedirle al paciente que hable sin filtros, le estamos dando permiso de ser "políticamente incorrecto". Es en ese espacio, donde no hay riesgo de perder el cariño de un padre o la complicidad de un amigo, donde el niño puede nombrar sus miedos más profundos.
En el internado, muchos niños han aprendido que para sobrevivir deben mostrarse fuertes o, por el contrario, invisibles. Hablar de lo "penoso" —el sentimiento de abandono, la rabia contra quienes deberían cuidarlos, o los deseos que consideran prohibidos— es una labor titánica.
Cuando les decimos que se esfuercen por narrar aquello que les provoca resistencia, no lo hacemos por curiosidad, sino porque sabemos que el silencio tiene efectos potenciadores sobre el síntoma. Lo que no se dice, se actúa; y en los jóvenes, esa actuación suele presentarse como rebeldía, apatía o autolesión. Al poner palabras donde antes había un vacío o un juicio, el dolor empieza a transformarse en saber.
(Segunda de dos partes)
