Por Ana Carolina Yáñez Orozco
El 14 de febrero construí una reflexión que me costó trabajo bajar del mundo de las ideas al concreto sólido de la escritura. Cavilé que quizá la dificultad no sea el amor, sino desde dónde pensarlo. Lo primero que me apareció fue una impotencia frente a los fantasmas del ayer. Esto sucedió hace dos meses, desde entonces he intentado exorcizar al más voluminoso de ellos: la expectativa.
Hace tiempo conocí a la señorita “E”. Desde que la vi entrar a la oficina observé en ella ciertas características que me siguen pareciendo espectaculares, su manera de andar, su sonrisa… permanece en mis recuerdos cuando se detuvo a abrochar su zapatilla; debió ser algo muy fuerte lo que me provocó pues rebasó mi consciencia, algo que no pudedescifrar con exactitud.
Esa tarde del día del amor me surgieron dos interrogantes: ¿qué tiene esta mujer que me enganchó el alma?, ¿qué tiene ella que no tenga otra? Tengo grabado el momento en quecruzamos miradas por primera vez, desde ese instante padezco de un síntoma, al que llamé “estado de contemplación”. Bastaba verla de frente para que cualquier reacción inmediata se me apagara.
En la mirada de la señorita "E" percibí un hechizo encantador: una intención seductora que me hizo sentir enamorada y fantasear que era correspondida. Este ensueño es al que me resisto darle un final. Entonces me pregunté si la expectativa impulsa el deseo o lo posterga, si es motor o sustituto.
Cuando la expectativa ocupó demasiado espacio, el encuentro real quedó en pausa. No porque evitara actuar, sino porque la fantasía resultó menos riesgosa que la ejecución. La mancuerna de ideas y emociones sumó densidad, intenté desmontarla y esa odisea suponía el intento de desarticular un sistema que llevaba décadas operando. Luego pensé: tal vez no se trate de eliminarlo sino de volverlo flexible.
