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La complejidad de coexistir en familia

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Daniela Clarisa Concha León

Hace tiempo llegó a mi clínica privada un caso que llamó mi atención. Con este son tres pacientes que tienen algo en común; un fuerte descontento y rechazo a sus padres, ahora pertenecientes al grupo etario de “adultos mayores”.  Este último formó la tríada: Una mujer de 38 años a quien llamaré Martina, refirió amargamente que en un futuro cercano sus papás necesitarán de su ayuda. A ella le es muy difícil no sentir fastidio y ganas de desconectarse de la situación y de ellos.

Del dicho al hecho hay un buen trecho

Martina, mujer de letras, explicaba que a pesar de haber leído mucho del tema —vejez e importancia de los cuidadores— no deja de tener sentimientos encontrados. En ciertas circunstancias piensa que muchos de sus males actuales se pudieron evitar si sus padres le hubieran hecho chequeos médicos a tiempo, llevarla a lugares para socializar o estimular su inteligencia. Otro reproche hacia ellos es por los múltiples conflictos de pareja que tienen a la fecha, lo que hizo que no prestaran atención a ella y a sus hermanas. Ella recalca que fueron unos padres descuidados.

Sin embargo, en otros momentos Martina exalta la fortaleza de sus padres, por sacarlas adelante, pese a las adversidades que pasaron, con las limitaciones físicas, sociales y económicas.

En una sesión, Martina llora amargamente: se recrimina no dedicarle tiempo a sus padres,pues privilegia su sueño sobre tomar el teléfono y otorgarles algunos minutos de su valioso tiempo o destinarles un poco de su dinero. Acto seguido, se justificaba ya que considera no haber recibido el mismo trato privilegiado que le dieron a sus hermanas.

Las demandas basadas en el ideal

A lo anterior se le suma su ideal de hija. Ella sabe que está lejos de ser la hija que planeó o quiso ser. Aquella a quien sus acciones la llevarían a ser la hija amada y única, por sertranquila, obediente, inteligente, cariñosa, considerada con sus papás, exitosa, entre otras. Hoy vive con el dolor de no cumplir esas “cualidades” autoimpuestas.

Para algunas personas, como es el caso de nuestra protagonista, vivir en la ambivalencia amor-odio a hacia sus padres llega a ser desgastante, pues a ello se anuda el conflicto de no lograr ser la hija preferida y como “karma” no llega a cumplir las exigencias hacia su persona, llevándola a una profunda depresión y estados de ansiedad.

Un tratamiento psicoanalítico, podemos decir que no opera como una varita mágica, tampoco me atrevería a decir que a todo mundo le funciona. Por otro lado, hemos de suponer que un síntoma psíquico como el de Martina, requiere de paciencia, prudencia, mesura y, desde luego, tiempo. Si bien, muy temprano en el inicio del tratamiento, los pacientes reciben efectos terapéuticos inmediatos, una verdad sabida es que llegar a las profundidades del alma para exhumar dichos síntomas exige un tratamiento minucioso. Como lo menciona Goethe: “no bastan el arte y la ciencia; también la paciencia debe formar parte de la obra”.

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*Esta colaboración es parte de la columna Consultorio del alma. Cuenta conmigo.

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