Por Silvia del Valle
En nuestros días, donde las actividades, pendientes y preocupaciones nos pueden generar mucho estrés y donde nuestros hijos también se ven afectados por esta situación, podemos ver al deporte como un espacio privilegiado donde pueden tener un momento de alegría, desahogo, sana convivencia y también un espacio donde Dios también puede trabajar en su corazón.
Como papás, estamos llamados a cuidar de nuestros hijos de forma integral, no solo su cuerpo sino también su interior; y el deporte, bien enfocado y dirigido, se convierte en una escuela silenciosa y constante de virtudes.
Cada entrenamiento, cada esfuerzo, cada competencia o partido es una oportunidad para enseñarles que no todo sale a la primera, pero que levantarse con humildad cuando caemos es parte del camino, que el otro no es un enemigo, sino alguien con quien crecer y que el verdadero triunfo no es ganar, sino amar lo que hacemos y a los que nos encontramos en el camino.
Si vemos un enfoque más trascendente, el deporte nos recuerda que el cuerpo es un regalo de Dios que debemos cuidar, fortalecer y usar para el bien, agradeciendo a Dios por él con nuestras acciones.
Pero también hay un riesgo: que el deporte se convierta en un ídolo, por eso aquí te dejo mis 5 Tips para que el deporte nos ayude a educar el corazón de nuestros hijos y a cuidar de su cuerpo como templo del Espíritu Santo:
Primero: Hazlo divertido, no obligatorio
Para comenzar a inculcar en nuestros hijos el amor por el deporte y la actividad física es necesario que no lo vean como un castigo o como algo pesado sino como algo divertido, que genera momentos familiares inolvidables, gratos y que ayuda a la buena convivencia; así que los juegos, los retos o competencias amistosas funcionan mejor que imponerles rutinas muy rígidas o pesadas a edades muy tempranas.
Siempre es mejor que le encuentren el gusto al deporte y ya despues podemos pensar en volverlo una verdadera disciplina con un estilo de vida específico.
Es bueno proponer actividades de acuerdo a la edad de cada uno de nuestros hijos y sobre todo que vayan de acuerdo a sus gustos y habilidades.
Segundo: Establezcan momentos para hacer deporte en familia
Un paseo en bici, una caminata en el parque de la colonia o un partido amistoso semanal ayuda a crear habitos sin presión sino por gusto.
Si nosotros ponemos el ejemplo de que el deporte es importante, nuestros hijos sabrán que verdaderamente es importante. Si nos ven activos, ellos lo verán como algo natural y se interesarán más y más en este tipo de actividades.
Es bueno que pongamos días y horarios para los deportes, tanto personales como en familia y si los ponemos en un lugar visible es más fácil que todos los miembros de la familia los tengamos presentes y tratemos de respetarlos, así creamos hábitos en nuestros hijos.
Tercero: Que encuentren su deporte favorito
Es muy común que no todos los miembros de la familia disfruten con lo mismo, para unos es mejor hacer ejercicio individualemnte y para otros los deportes de equipo son sus favoritos, algunos prefieren los de bajo impacto y otros necesitan la intensidad de los deportes de competencia para ser felices.
En realidad es bueno probar varios deportes hasta llegar al que les acomoda más, pero es necesario que se compromentan con cada uno para cubrir cierto tiempo establecido practicándolo como puede ser una temporada, algunos meses o hasta que termine el ciclo escolar, esto fomenta la disciplina y les da una perspectiva clara de qué se trata el deporte y les da tiempo de definir si les gusta o no.
Debemos tener cuidado de no caer en el juego de que a la primera dificultad que tengan nuestros hijos los saquemos o los cambiemos de deporte ya que algunas veces solo es estrategia ya que de pronto les cuesta trabajo la constancia en la asistencia, el compromiso para tomar en serio las cosas o simplemente se aburren rápido y pierden la oportunidad de saber si les gusta o no.
También la constancia es edificante y educa la voluntad de nuestros hijos.
Cuarto: Celebra el esfuerzo, no solo el resultado
Es necesario valorar su dedicación más que si ganan o pierden ya que así les daremos seguridad en ellos mismos pues comprenderán que valen por lo que son y no por los resultados que obtienen, además de que ayudamos a que desarrollen amor por el deporte y no una necesidad de competencia a costa de lo que sea.
Y si, con el paso del tiempo y con la práctica formal de un deporte, llega la oportunidad de competir y avanzar en competencias estatales, nacionales y hasta internacionales debemos apoyarles para que se desarrollen plenamente y con las mayores oportunidades, siempre que esté en nuestras manos y en nuestras posibilidades, sin dañar o sacrificar al resto de la familia, sino desde un equilibirio virtuoso que también educa y forma el carácter de nuestros hijos.
Si por el contrario, alguno de nuestros hijos no es tan agraciado en los deportes, podemos quedarnos en el fomento del cuidado de nuestro cuerpo, la disciplina que el deporte nos da y que además puede dar horas de sana convivencia; sin olvidar que también nos da la oportunidad de quemar energía que a veces, nuestros hijos tienen de más.
Quinto: Que el deporte también acerque a Dios a nuestros hijos
Esforzarce fomenta la virtud de la fortaleza y la tenacidad, la constancia fomenta la perseverancia y el juego limpio enseña justicia y caridad que son valores y virtudes que nos acercan a Dios.
Corregir con amor, animar con esperanza y recordarles, una y otra vez, que su valor no depende de lo que logran, sino de quiénes son: hijos amados de Dios, los acercará más y más a Él.
Ganar sin soberbia, perder sin amargura, esforzarse con humildad, agradecer lo que se vive cada día forma un corazón sencillo y ayuda a confiar más en Dios y menos en sí mismos.
El deporte en familia refleja la alegría de caminar juntos, como Igleisa doméstica y nos da un estilo de vida específico donde la salud física es importante pero también la salud mental y espiritual y donde Dios tiene el lugar principal.
Y si al terminar cada actividad deportiva, acostumbramos a nuestros hijos a dar gracias a Dios por lo que se logra, por lo que han vivido, por la salud, por el tiempo juntos y lo aprendido, entonces estaremos formando el corazón y el cuerpo de nuestros hijos como templo del Espíritu Santo desde el deporte.
Y entonces, poco a poco, aprenderán que correr, jugar, esforzarse… también puede ser una forma de amar a Dios.
