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El deseo del psicoanalista

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Jonatan Sibaja Tapia

Por la tarde del viernes, mientras terminaba mi jornada en el consultorio, me detuve un momento a pensar sobre mi primer encuentro con el Psicoanálisis y el esfuerzo que hoy sigo realizando para sostener el deseo de ser psicoanalista, pues debido a mi juventud, aún batallo con algunos demonios.

Fue durante mi vida universitaria cuando tuve mi primer acercamiento a este campo del saber, ya que unos profesores nos entregaban algunos tópicos de la obra freudiana con entusiasmo, lo que me dejó una profunda inquietud por saber más. Así quedo la semilla que germinaría con el anhelo de formarme como psicoanalista. Ingenuo yo, no tenía la menor idea de lo que eso implicaría.

Tiempo después, mientras me encontraba viviendo en la ciudad de Oaxaca, me anoticié de un ciclo de conferencias llamado, “La formación de los psicoanalistas” impartido por el Psicoanalista Alejandro Ortiz, director del Instituto de Estudios e Investigación Psicoanalítica (INEIP A.C.). Asistí con emoción y nerviosismo, pues fue mi primer encuentro formal fuera de la universidad con el psicoanálisis y quería saber qué me deparaba el destino.

Decidí mantenerme cerca de las actividades del INEIP, con la ilusión de integrarme algún díaa la formación. Tenía sueños donde me veía compartiendo con aquellos que pensaba serían mis compañeros y compañeras, así mismo en los cursos que se organizaban. Mi solicitud demoró en ser aceptada, no sé si fue mi deseo o necedad lo que hizo sostenerme.

Finalmente se cumplió mi tiempo en la ciudad y tuve que regresar a mi tierra natal. A mi regreso experimenté un abatimiento terrible, fue así como me percaté que éste ya me acompañaba tiempo atrás. Tal abatimiento se agudizó cuando tomé un seminario de clínica, con la misma institución, —que hoy finalmente me cobijó— pues sentía no estar aún dentro de la formación, y no entendía en aquel momento por qué el psicoanalista Alejandro demoraba la respuesta a mi solicitud. Hoy comparo aquella inquietud con la que tiene el paciente en la sala de espera del consultorio pendiente del llamado del psicoanalista para entrar a la sesión. Al final vi logrado ese sueño, de escuchar la voz diciendo “puede pasar”.

Hoy, después de este corto camino en la formación y de mi análisis personal, tengo un atisbo de claridad sobre las implicaciones de sostener el deseo del psicoanalista. 

i[email protected]

 *Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida. 

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