Por Alejandro José Ortiz Sampablo
Lamento, estimados lectores, si he de aburrirlos con una anécdota un poco larga; más adelante, ésta cobrará sentido.
Poco antes de entrar al consultorio solté su mano y el pequeño siguió su camino. Se detuvo al ver el escenario que lo esperaba, un diván, el sillón del analista y los sillones para los pacientes, los cuales, al señalárselos le pregunté:
—¿Dónde quieres sentarte?
Se dirigió al sillón de su elección.
—¿Quieres que te ayude o puedes subirte solo?
No hubo necesidad que me diera respuesta, realizo el esfuerzo y logró sentarse. Tomé mi lugar y como es la costumbre, apliqué la regla fundamental del tratamiento psicoanalítico, el conocido, dígalo todo. Por supuesto, nunca se dice así, en este caso le pregunté a mi joven paciente:
—Y bien, ¿cómo te trata el mundo?
Con un tono dramático y moviendo la cabeza, me respondió:
—¡Mal, muy mal!
—¿Cuántos años tienes?
—Estirando su mano y mostrándome tres dedos, me dijo:
—Tres
—¿Cómo es posible? Tienes solo tres añitos de habitar este mundo. Tenemos que resolver eso, cuéntame, ¿Por qué te trata “mal, muy mal” este mundo?
—Me regañan y me pegan, porque me porto mal.
—Vamos a empezar por partes, posiblemente no sepas a que me refiero, pero lo irás entendiendo. ¿Cómo que te portas mal?, cuéntame a qué te refieres.
En este punto me detendré. Posiblemente a algunos de ustedes les provoque ternura la anécdota. De esta sólo resaltaré una sutileza, que puede escapar a nuestros oídos: él,a sus tres años, ya tiene un referente como una espina encajada en su alma y que posiblemente lo acompañe por un largo trecho de su vida, el cual mutará en lo que llamamos expresión de la psique. Él sabe que lo regañan y le pegan porque se porta mal. ¿Qué puede hacer un niño de tres añospara merecer regaños y golpes?
No entraré en debates sobre las diferentes formas de educar que los seres humanos podemos creer son las mejores. Podemos caer fácilmente en moralizar y sancionar a los padres que hacen uso de estas estrategias y dejaríamos de esta manera de observar que, posiblemente, sólo se han olvidado de ese mundo, que hace mucho tiempo no habitan, el de las y los niños, y por consiguiente han olvidado también ese idioma.
Madres y padres, todos fuimos habitantes de la infancia, pero al crecer, nos convertimos en exiliados que han olvidado el idioma original.
El error del adulto en conflicto es creer que aún domina ese idioma, cuando en realidad lo está traduciendo a su propia conveniencia. Esto en sí mismo es un acto de violencia, llamémosla inconsciente. Para no entrar en detalles, digamos que es una acción de reflejo, como cuando calentamos las tortillas en el comal, y por accidente tocamos el metal caliente y alejamos violentamente la mano. Es decir, en ocasiones la infancia de nuestros hijos se convierte en un comal caliente que nos rememora nuestra propia infancia, pero por el transcurrir del tiempo y la edad, nos convertimos en un extranjero, pero uno que no sólo no cuenta con pasaporte, sino que es también un invasor, que por creer que vivió ahí hace tiempo, tiene aún el derecho de propiedad sobre ese territorio.
Me he auxiliado de la anécdota para mostrar solamente como, en el mejor de los casos, ante el mundo psíquico de las y los niños podemos ser extranjeros, en el peor de estos, invasores. ¿Habrá otro destino para las infancias de este siglo?
Continuará el miércoles…
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*Esta colaboración es la segunda de cuatro partes de CONSULTORIO DEL ALMA. CUENTA CONMIGO.
