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Del conflicto a la escucha, cómo sanar los primeros años

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Alejandro José Ortiz Sampablo

El seis de abril recibí de parte del Centro de Convivencia Familiar Supervisada (CECOFAM), del consejo de la Judicatura del estado de Oaxaca, una invitación para participar en el “Ciclo de Conferencias Virtuales, Nudos y Lazos: Tejiendo infancias en tiempo de conflicto”. El miércoles 22 del presente, llegó el día de mi participación, y como lo comenté aquella tarde, les comparto, amables lectoras y lectores, la conferencia íntegraque preparé para dicha ocasión.

La conferencia

La desintegración paulatina del lazo social de nuestra comunidad y lo que hoy, lamentablemente viven muchas familias oaxaqueñas a las que consideramos sus núcleos, hacen que espacios como este sean una necesidad urgente. Agradezco al Poder Judicial de Oaxaca, por invitarme a formar parte de este frente, para que los adultos, tomemos conciencia de las implicaciones psíquicas y emocionales que los conflictos entre los adultos tienen en el destino de nuestros hijos, quienes, no está de más recordar, son el futuro de este país.

Quien me invitó, he de suponer que lo hizo al considerarme un conocedor de la vida anímica, confiada en mis años de experiencia, no sólo como psicoanalista, sino también por ser quien, desde hace casi diez años, genera y dirige lo que llamamos dispositivos clínicos-sociales en pro de las niñas y niños, principalmente, quienes se encuentran en entornos vulnerables. Sin embargo, hoy no me dirigiré a ustedes desde ese lugar. Les hablaré como un "traductor de una lengua olvidada".

El inicio: Madre, padre e hijo

Me gustaría iniciar contándoles una anécdota clínica, de la cual me permitiré cambiar los nombres de sus protagonistas. Hace algunos años, recibí a una madre y padre en mi consultorio, preocupados por el comportamiento de su pequeño de tres años, y deseaban que le brindara atención psicoanalítica. Fiel a una consigna que me impuse desde hace ya bastante tiempo —de no recibir a ningún niño, independientemente de su edad sin que, al menos, uno de los padres reciba dicho tratamiento, mínimo cinco sesiones—, inicié recibiendo a la pareja y, posteriormente, recibí a ambos por separado.

En una ocasión, la madre me comentó que el pequeño Teo estaba deseoso de pasar a platicar conmigo. postergué la respuesta a tal solicitud hasta que, una tarde, el padre se demoró en llegar. Al bajar a la sala de espera vi a Teo y a su madre sentados, en ese momento me dirigí a él, y le dije: “Ahora sí, llego tu momento. ¡Adelante Teo!” El pequeño se levantó, se dirigió hacia mí, que lo esperaba al pie de la escalera, y sin decir nada, tomómi mano y comenzó a subir.

El encuentro

¿Este es el niño que, a decir de sus padres, es “inquieto y desobediente”? Y aunque sé que, por regla general, los conflictos psíquicos con los que los padres han crecido y no han resuelto se reflejan en los hijos, siempre me permito que la clínica me sorprenda. En el acto de tomar mi mano para subir las escaleras, además de su ternura, el niño mostraba la docilidad que presta ante dicha circunstancia de la vida.

Continuará el lunes…

¡No te pierdas nuestros artículos de “Consultorio del alma” y de “Lecturas para la vida”!,donde leerás el encuentro ético entre el analista y su propia ignorancia frente al saber.

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Primera de cuatro partes. Esta colaboración es parte de la columna Consultorio del Alma, cuenta conmigo. 

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