Por Isabel Guzmán Ruiz / Colaboradora
En estos días he disfrutado de las primeras lluvias del año, no son las lluvias para la siembra de temporal, sin embargo, al ser nieta de campesinos, estas aguas me hicieron recordar los procesos de paciencia que se viven en el ciclo agrícola con su preparación, la siembra y la cosecha. Los temporales son periodos de precipitación constantes y prolongados que ocurren estacionalmente, vitales para la agricultura que depende exclusivamente del agua de lluvia sin mecanismos de riego.
Preparando el terreno
En muchas zonas de los Valles Centrales, los campesinos están en la etapa del barbecho o preparación del suelo, que consiste en remover la tierra con el arado para que se oxigene, para que respire tras meses de compactación y calor intenso; el objetivo es que el terreno recupere su porosidad y sea capaz de recibir y retener la humedad profunda que vendrá después con los primeros aguaceros de la temporada. La siembra de temporal de maíz, calabaza y frijol suele esperar a que el suelo tenga esta humedad requerida por las semillas, lo cual ocurre generalmente hacia finales de mayo o junio (cerca del día de San Juan).
Conocer sobre este proceso de barbecho es algo que hoy, en mi formación como analista, me ha llevado a comprender que en la comunalidad —tejido de vida donde el territorio, el trabajo, la organización, la fiesta y el rito se entrelazan, estructura que nos enseña que el tiempo no es una línea individual de consumo, sino un ciclo colectivo de siembra y espera— nada crece de la noche a la mañana. La siembra, además de ser un proceso plagado de sabiduría, es un ritual de paciencia. El maíz tarda meses para germinar y crecer hasta dar forma a los elotes.
Aplazar la inmediatez, un requisito
En la clínica psicoanalítica por lo general el paciente, así como el psicoanalista novel, desearía ver resultados inmediatos, sin embargo, el campesino nos da ejemplo de la importancia del periodo de barbecho, pues este se relaciona directamente con la capacidad de espera y tolerancia a la frustración que, es algo que también sucede en la clínica. Sin este proceso previo de remover las resistencias y oxigenar la historia personal, la semilla del cambio no encontraría lugar donde echar raíz. El análisis se asemeja a ese ritual donde el sujeto aprende que la verdadera transformación nace del respeto de los tiempos de la tierra y de su propia psique.
Sigmund Freud aborda esta capacidad de espera en su obra "Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico" (1911), ahí describe la transición necesaria del principio del placer —que busca la descarga inmediata y la satisfacción alucinatoria de los deseos— hacia el principio de realidad. Este último no implica una renuncia definitiva al placer, sino el aprendizaje de aplazar la satisfacción y tolerar la tensión de la espera para asegurar un resultado que sea real, sólido y duradero.
Aceptar el tiempo del barbecho es renunciar a la omnipotencia de la inmediatez. Al final, el tiempo de la siembra y la cosecha llegará, pero la sabiduría ya se habrá manifestado en la espera.
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