Por Jesús Antonio Martínez Carrasco
Los últimos meses del año que recién acaba de terminar fueron convulsos para mi familia más cercana. Perdí a dos familiares en menos de tres meses, además, otros dos más fueron diagnosticados con enfermedades de cuidado. Han sido tiempos complicados para mis allegados. Como diría uno de ellos: “ahora sí nos está lloviendo sobre mojado”. Y como si fuera poco en fechas en que se suelen hacer reuniones o fiestas familiares con el objetivo de celebrar el poder llegar al término del año.
Las celebraciones sociales como las antes mencionadas o reuniones concurridas son actividades a las que les muestro poco entusiasmo, sin embargo, la coyuntura familiar me llevó a no sólo ser parte de ellas sino organizar una. A veces la vida te empuja a hacer las cosas a las que más nos resistimos.
Del mensaje a la convivencia social
El 31 de diciembre había recibido una invitación de uno de mis estudiantes extranjeros para ser parte de una convivencia el día 3 de enero. Yo lo escuché con amabilidad y no le aseguré que iría pero que estaba muy agradecido por tomarme en cuenta. Finalicé el día con la decisión de no asistir al evento. Pero el sábado 3 de enero a las 5 de la mañana me despertó un mensaje que me llegó desde Nueva York donde una amiga me decía que el gobierno de Estados Unidos había bombardeado Caracas y que el ejército estadounidense había capturado al presidente del país sudamericano.
Todo el día estuve perturbado por la noticia. No dejaba de ver los noticieros y leer artículos sobre ello. A mi mente le atravesaban varías cosas: la doctrina Monroe, la repartición del mundo, el petróleo, la todavía eficiencia militar e inteligencia de los Estados Unidos para operar en cualquier parte del orbe. Esta acción del país del norte fue un duro golpe para aquellos que creíamos que no se atrevería a atacar al país aliado de dos grandes potencias y que representan fuertes contrapesos en el mundo.
Encuentro catártico
Ese día mi decisión de no ir a la convivencia con conocidos extranjeros fue desechada y mi impulso por conocer su opinión de lo sucedido era tan fuerte que estuve allí puntual hasta el final del mismo. Sin que yo preguntara nada al respecto los invitados hablaron del tema mientras el anfitrión nos atendía con la mayor cordialidad dándonos bebidas y botanas en medio de una conversación catártica.
Había cinco estadounidenses, dos canadienses, dos franceses, un inglés, una brasileña, un alemán y yo. Traté de seguir la conversación en los diferentes acentos del idioma inglés. Mi deseo era saber, en especial, el sentir de los estadounidenses ante aquellos hechos por parte de su gobierno.
Al escucharlos, supe que no era yo el único afectado por lo acontecido. Los estadounidenses estaban también perturbados por su presidente. Les parecía increíble que en pleno 2026 no hubiera nadie que pudiera detener las acciones del titular de la oficina oval. La charla se alargó por varias horas y mientras esto sucedía cierto alivio regresaba a mí por no ser el único que sentía enojo, repudio y preocupación a los actos sucedidos en Caracas.
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