Por Isabel Guzmán Ruiz
De pequeña, mi primer encuentro con el asombro ocurrió mirando el cielo nocturno y al intentar contar las estrellas me percaté de que era una tarea infinita; por cada una que registraba, otra nueva aparecía, me preguntaba por qué unas brillaban estáticas y otras titilaban desafiando mi lógica. Me daba curiosidad saber que había en otros planetas, la luna y en las estrellas que veía.
Al empezar a leer mis primeros libros de astronomía, siendo niña —donde, por cierto, tuve mis primeros encuentros con la gran Julieta Fierro con “De planetas, estrellas y universos”
y Ramón Canal y Martín J. Rees, con “Estrellas, cúmulos y galaxias”— me interesé y
sorprendí más de la inmensidad que mis ojos podían ver en la oscuridad del cielo tanto que, no es sorpresa que la noche sea mi parte favorita del día ya que puedo perderme en otras galaxias que existieron millones de años atrás.
Sin embargo, mi perspectiva cambió cuando bajé la mirada, al observar a las hormigas,
sentí una extraña hermandad en nuestro tamaño frente al cosmos, pero el verdadero giro ocurrió frente a una gota de agua bajo el microscopio. Al ver ese universo diminuto y vibrante, entendí que nosotros somos, quizás, tan microscópicos para otros seres como esos organismos lo son para nosotros.
Al estudiar la Licenciatura en Comunalidad comprendí que los astros que yo contaba de niña no están sólo allá arriba, si no que dictan el ritmo de la siembra, el tiempo de la lluvia y el ciclo de la vida en nuestra tierra. Aprendí que la inmensidad del cielo tiene un lenguaje que nuestras abuelas y abuelos siempre han sabido leer.
Esta fascinación por lo inabarcable no cesó, sino que se transformó. Hoy, mi admiración se divide entre el cielo y la mente humana. Para mí, el aparato psíquico es igual de inmenso, desconocido e inexplicable que el espacio exterior. Encuentro una emoción profunda en las similitudes entre los dos, ambos son territorios donde lo que vemos es solo una fracción de lo que realmente existe; ambos requieren de una lente especial ya sea un telescopio o la escucha psicoanalítica para ser descifrados.
Encuentro similitudes que me emocionan: así como la luz de una estrella que vemos hoy puede provenir de un cuerpo que ya no existe, el psicoanálisis trabaja con huellas del pasado que siguen brillando y determinando el presente del sujeto. El inconsciente, al igual
que el cosmos, tiene sus propios "agujeros negros", sus zonas de sombra y sus explosiones de energía (pulsiones) que apenas estamos empezando a nombrar.
Así como en la oscuridad de la noche se revelan los astros, el psicoanálisis nos enseña a no temer a nuestras propias zonas desconocidas. Cada síntoma, cada sueño y cada coordenada nos permite cartografiar ese universo propio. Para entender el mundo que nos rodea, primero debemos comprender el mundo que llevamos de manera interna.
En el psicoanálisis la labor es similar a la de un astrónomo o un microbiólogo: se utiliza la escucha y la palabra como lentes de precisión para observar aquello que a simple vista parece invisible, pero que sostiene toda nuestra existencia.
Nada en el ser humano es aislado, somos un reflejo de los astros, de la naturaleza y de los vínculos que nos sostienen.
Sigo investigando, enganchada a la idea de que, tanto allá afuera como aquí adentro, siempre habrá un nuevo astro, una nueva neurona o un nuevo deseo por descubrir, convencida de que, tanto en una gota de agua como en una palabra dicha en cada sesión, habita el universo entero.
Pide informes a los teléfonos 951 178 3112 y 951 274 8812, y espera nuestras próximas
actividades. ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.!
