- Primera de dos partes
Por Isabel Guzmán Ruiz
Una de las cosas que observo con mayor frecuencia en la familia, en la sociedad y en la
clínica es cómo muchos individuos se permiten no hacer las cosas, ni siquiera dejar de
hacerlas, simplemente no hacerlas por el hecho de que esto les implica “un esfuerzo”.
Resistirse a la realidad, vivir en la fantasía, no querer esforzarse, buscar el placer y los
resultados inmediatos, son algunas cosas que, a mi punto de vista, degradan al individuo y al tejido familiar y social.
La sociedad contemporánea se enfrenta a una crisis silenciosa y profunda: el colapso de la tolerancia a la realidad. El individuo tiende a la procrastinación ante tareas básicas. La aversión al esfuerzo se amplifica. Es un patrón de comportamiento que erosiona la estructura psíquica del individuo y degrada el tejido familiar y comunitario. Esta aversión al displacer representa una rendición masiva a los placeres y una incapacidad para negociar con la realidad.
Esta inercia, se manifiesta de diversas maneras, desde postergar tareas personales como la higiene propia y doméstica hasta evitar el esfuerzo que implica generar ingresos. Si el simple acto de desechar algo descompuesto que está en el refrigerador ya implica una resistencia, el esfuerzo sostenido, repetitivo y a menudo tedioso que exigen las tareas de la vida adulta, como renunciar al tiempo libre para trabajar, se percibe como una carga insoportable. Hoy en día, para muchas personas y no necesariamente jóvenes, resulta insufrible levantarse temprano, limpiar la casa, hacer tareas escolares, etc. Incluso, muchos jóvenes manifiestan que no desean tener hijos, por las obligaciones y el esfuerzo que esto implica, totalmente incompatible con el placer y el mundo de fantasía en el que se prefiere habitar.
Esta evasión, más que pereza, es una defensa activa contra el displacer asociado al esfuerzo. El sujeto busca la extinción de sí mismo y del mundo como un deseo de anular el tiempo y el espacio que exigen la acción y la responsabilidad.
Este patrón individual se replica en la estructura familiar y educativa, demostrando que la intolerancia al displacer es un problema sistémico.
En la educación la permisividad se ha institucionalizado. El sistema educativo, al evitar la reprobación para "no estresar" a los jóvenes, les priva de la experiencia formativa del fracaso y la necesidad de revisar y reaprender. Esto promueve la superficialidad "copiar y pegar", “uso de Inteligencias artificiales”, etc.). Por desgracia, existen muchas figuras públicas dan sobradas pruebas de que el esfuerzo no es un requisito indispensable para alcanzar el éxito.
Continuará el próximo miércoles…
Pide informes a los teléfonos 951 178 3112 y 951 274 8812, y espera nuestras próximas
actividades. ¡Hazte escuchar por un psicoanalista del INEIP A.C.!
