Fausta Ibáñez Ríos
Antes de iniciar, quiero agradecer a mi colega Alejandro el permitirme ocupar este espacio dedicado a “Psicoanálisis y formación. Sección para la enseñanza” para dar continuidad a la nota que dediqué a Sor Juana Inés de la Cruz. La continuación que corresponde al día de hoy, la podrán leer el próximo sábado.
En el último párrafo de la nota anterior, mencioné que la décima musa tendría que ser un referente para las mujeres actuales, de lo que podemos lograr en la conjunción del deseo —en el caso de Sor Juana, el deseo de saber expresado en la frase “ser menos ignorante”— con el trabajo y la tenacidad, entre otras virtudes.
Hija de la iglesia, muerta por la iglesia
Lo escrito por sus biógrafos nos permite imaginar a una niña en la época de la colonia (siglo 17), que desea leer por iniciativa propia, a sus 3 años, que le mintió a la institutriz para que le enseñara cuando acompañaba a su hermana a las clases. Un día le pidió a su madre que la vistiera de hombre para ingresar a la universidad. En cierta ocasión, por orden del virrey, Sor Juana puso a prueba su saber ante 40 hombres doctos, del cual salió airosa.
Al ser hija nacida fuera del matrimonio y a pesar de ser de clase social acomodada, pero al no tener dote para casarse, es persuadida por su confesor de ingresar al Convento de San José de las Carmelitas Descalzas, como religiosa corista; ahí, pues, podría dedicarse al estudio.
Poco después enferma y es rescatada por la virreina, quien hay que suponer, admiraba la inteligencia de Sor Juana. Meses después, el mismo confesor accede a dar la dote para que fuera aceptada en el Convento de San Jerónimo, donde finalmente hizo sus votos, donde pudo concretar su anhelo de entregarse al arte, la filosofía y la ciencia, aunque de manera intermitente, pues su quehacer era considerado profano.
Cabe destacar que no siempre contó con el apoyo de los virreyes, y muchas veces el permitirle acceso a su pasión, estuvo condicionada al capricho de quienes dirigían el clero de la época.
Reflexión
En la escucha psicoanalítica me es común encontrar el fantasma femenino de la minusvalía. Mujeres con una gran capacidad de trabajo y de inteligencia que ante vicisitudes de la vida, dudan de sus cualidades, sintiéndose tal como Sor Juana se autonombra en su obra Confesiones, "Yo, la peor”.
Debo confesar que siempre me ha intrigado cómo la décima musa da ese giro, cómo le rompen el espíritu, aunque son bien conocidas las torturas psíquicas y físicas del Santo Oficio de la época.
Queridos lectores y lectoras, las invito a conocer la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer que no encontró excusa para lograr lo que una vez imaginó y conoció, el mundo de las letras. En ocasiones, a pesar de tener anhelos en la vida, no hacemos lo que se requiere para lograrlo, excusándonos en que no tenemos los dones para ello.
Alguna vez me hice la pregunta ociosa de si Sor Juana Inés de la Cruz fue lo que fue por su genio o su pasión, o si encontró a alguien que la inspirara. Hoy sé que ella decidió que lo anterior, como se dice, no fuese letra muerta; ella trabajó y luchó fervientemente no sólo por saber más, sino por ser menos ignorante cada día.
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