Por Rafael Alfonso
La gentileza y la amabilidad suelen ser parte del cuidado que tenemos con el prójimo para no incomodarlo y así facilitarnuestro tránsito por la sociedad. En la antigüedad, el encuentro entre dos extraños era un momento de tensión, entre otras cosas, era muy importante hacerle ver al desconocido que el uno no representaba una amenaza para el otro. De ahí devienen muchos gestos amables —la mano abierta que muestra la ausencia de armas, la inclinación de cabeza que expone el cuello—. Todo ese repertorio validaba un contrato mutuo de no agresión.
Actualmente, sonrisas, saludos, gestos y otras consideraciones pueden terminar por revestirnos con un aura de personas educadas o gentiles y no digamos cuánto nos facilitan la gestión de nuestra vida social. La civilización mantiene a raya buena parte de nuestros impulsos primitivos. Para vivir en sociedad, hemos de reprimir el egoísmo y, muchas veces, el deseo de agredir. Esto genera una tensión psíquica que se va acumulando a la espera de ser liberada.
Para muestra un botón
Supongo que a nadie le es ajena esta escena, y si lo es, ya me estoy balconeando. Has pasado un largo día en la calle. Tus compañeros del trabajo y aun los vecinos te consideran como una persona gentil y hasta “buena onda”. Saludas a todos, haces plática, te acomides. Sin ir más lejos, mientras viajabas de vuelta a tu casa has cedido el asiento a una señora que venía cargando a su pequeño hijo y antes de abrir la puerta de tu casa has dado las buenas noches a varios vecinos. Sin embargo, al entrar, tu pareja te pregunta “¿Cómo te fue?”, y como toda respuesta obtiene un “¡Más o menos!”, antes de que te pases al fondo sin saludar y no vuelvas a pronunciar palabra por varios minutos.
¿Qué pasó aquí? ¿Qué ocurrió con toda la amabilidad de la que se hace gala en la calle? No es tan simple como pensar que al llegar a casa se nos cae la “máscara social”; es decir, no lo reduzcamos —porque sería simplista—, a un asunto de hipocresía.
Resguardando al Yo
Mientras estamos a la vista de los desconocidos ponemos especial atención en preservar el Ideal del Yo, una tarea altamente demandante. Gastamos una enorme cantidad de energía psíquica manteniendo la fachada de "buen ciudadano", "empleado ejemplar" o "vecino atento". Sin embargo, al cruzar el umbral de la casa, pareciera que ya no es necesario vigilarnos y, por lo tanto, regular con el mismo cuidado nuestras respuestas y gestos.
En la calle, el extraño es un espejo de nuestra imagen social. Si somos imprudentes al expresar nuestra agresividad el extraño podría golpearnos o denunciarnos; en la casa, por el contrario, el familiar está integrado a nuestra intimidad. A menudo, descargamos hostilidad en nuestros seres queridos porque sabemos, inconscientemente, que la pareja, la madre o el hijo están "atrapados" en un vínculo afectivo, lo que los convierte en receptores seguros para nuestra frustración acumulada.
Freud hablaba de lo Unheimlich (vocablo que podemos traducir como “lo siniestro” o lo inquietante). Curiosamente, la palabra raíz es Heim (hogar). Lo siniestro no es lo que viene de fuera, sino aquello que debería haber permanecido oculto en el seno de lo familiar y que, sin embargo, sale a la luz.
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