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Andador de Letras: Un encuentro inesperado

andador-letras3
Foto(s): Cortesía
Redacción

Juan Carlos Cruz Rosas

¡Qué mañana había pasado hoy! Recordaba, mientras estaba sentado en mi escritorio del cuarto, con los codos sobrepuestos y las manos unidas en puño sosteniéndome la barbilla. No sé si me afloraba un sentimiento de incomodidad o confusión, y es que realmente no había estado bien o, mejor dicho, nada bien, si soy sincero, había hecho el grandísimo ridículo.

Todo había transcurrido como de costumbre, hasta que me topé con ella. Eran más de las nueve, faltaban escasos minutos para las diez, el día no estaba muy caluroso, soplaba un viento común a estos días de febrero que hacía levantar pequeños remolinos casi por doquier. Iba caminando solitario a la segunda clase pensando en la inmortalidad del cangrejo, en eso, al dar la vuelta para subir la escalera rumbo al siguiente piso, ¡allí estaba ella!, siempre tan linda, con sus grandes ojos claros, que en la sombra parecían refulgir, iluminando todo a su contorno. Con su cara de ángel, su cabello castaño sostenido por un pasador blanco en el costado izquierdo. 

Llevaba, por cierto, un vestido azul pastel que le sentaba y lucía espléndidamente. Yo iba, como ya dije, muy distraído, pensando en cualquier cosa lejos de ahí, ni siquiera en el examen de física de las doce que siempre me carcomía la cabeza, y no tardé en dejar ver mi nerviosismo usual cuando me acercaba a ella. Pero esta vez sin la menor intención de ataque, no tenía nada planeado. A veces me da por hacer diálogos imaginarios y hasta dibujar planos de mis movimientos estratégicos. Apenas sosteniendo su mirada en mis ojos, di los últimos pasos, si, los últimos pasos porque sin fijarme donde caminaba, no advertí un desnivel del escalón y di con la nariz en el suelo de una manera harto grotesca. Levantándome todo confundido y azorado alcé los ojos para mirarla lleno de coraje y un "trágame tierra" por dentro. Ella, me observaba atónita y preocupada, piadosamente me sonrió después de unos instantes. Yo, turbado y adolorido, terminé riendo como si se me hubiera zafado un tornillo.

-¡Cuidado con tus anteojos! ¿No se te rompieron? -escuché su voz cual si fuera un arpa celestial.

Tenía razón, ¿dónde rayos estaban mis anteojos? Me ayudó a buscarlos cerca del primer escalón. Los recogió intactos afortunadamente.

¡Vaya forma de atraer su atención! Reflexiono ahora en mi cuarto. Parece que solamente así se fijaría en mí. Estoy confundido. No sé si haya valido la pena el moretón que tengo en el rostro que casi me cierra el ojo izquierdo, o si mañana preferiría esconderme de ella. Lo único que me consuela es que jamás se rió a carcajadas de mí, a diferencia de todos mis compañeros, incluyendo al prefecto, el vendedor de tortas y mis hermanos...

Semblanza

Juan Carlos Cruz Rosas (Oaxaca, Oax., 1966) Periodista, editor, ensayista y narrador. Ha publicado en diversos suplementos, diarios y revistas locales y nacionales. Ha sido fundador y coordinador de publicaciones culturales y editor de libros. Autor de una biografía novelada sobre el músico Macedonio Alcalá (1989) y de Nuestra ciudad de los niños, crónica-reportaje (1990). Antologado en los libros Tres ventanas a la literatura oaxaqueña actual (2005), Cartografía de la literatura oaxaqueña actual (2007), Fibras de agave (2010) y Cartografía de la literatura oaxaqueña actual II (2012), entre otros. Publicó en 2019 la novela La Santísima trinidad, y recientemente, en este año 2024, Isaías el flojo y otros cuentos, de donde tomamos este relato, estos últimos títulos fueron publicados por Octubre Ediciones.

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