Vicente Estudillo Castillo
Comenzaba a clarear y presurosos nos alistábamos para ir a la escuela. Claro, habiendo ya deshojado y desgranado, nuestra tarea correspondiente de la mañana; así como después de haber llevado el maíz ya cocido al molino de Mélito y traer la masa lista para los totopos y memelitas.
Sacábamos agua del pozo ¡y a bañarnos a jicarazos! Íbamos corriendo a la escuela, pasábamos por el viejo mercado municipal, que en su parte superior albergaba, y aún mantiene, la presidencia municipal. Bajábamos una pendiente toda empedrada que comenzaba en la casa de Don Noyo. A pocos metros estaba la escuela primaria “Benito Juárez”, llegábamos corriendo a hacer fila, nos formábamos, tomábamos distancia poniendo nuestra mano derecha sobre el compañero de enfrente.
Sonaba la campana o el pedazo de riel que era nuestro timbre de entrada a la “Escuelona” y que colgaba del frondoso árbol de mango piña. Pasada las horas ya nos alistábamos para la salida.
Llegábamos corriendo y sudorosos a la casa, comíamos y a toda prisa tomábamos nuestros papalotes, o simplemente nos íbamos a ver a quienes los volaban. Israel, nuestro vecino, tenía varios cocoteros o palmeras y mi hermano Mario tenía la habilidad de poder subir y cortar algunas palmas, lógico también algunos cocos.
Utilizábamos las palmas, o más bien, quitábamos las partes laterales de cada una de las hojas, quedando una varillita de madera. Era lo que estaba en el centro de la hoja. Me referiré así a esta sección de la hoja para ser más entendible, y no emplear nombres como; pinnas o foliolos y raquis secundario.
Una vez quedando limpia la varillita las uníamos y dábamos forma a la cabeza de un papalote o de un rehilete (barrilete). Las uniones se hacían con hilo de coser ropa. Hilo que, por supuesto, obteníamos o sacábamos de donde los guardaba mi tío Chalo que era sastre, o bien comprábamos en la tienda de Meo, que era la más cercana.
Un amigo del mismo barrio que hacía excelentes papalotes era Humberto Ramos, hijo de tía Patricia, incluso hacia para vender. El papel china se compraba en varias tiendas; con Doña Chila (casa Chelito), doña Laura (la popular) o con don Neto (la casa del pueblo). Buscábamos combinar colores que fueran llamativos y se apreciaran en las alturas. A veces eran de dos o más colores, siempre tratando que llamaran la atención al andar en el vuelo.
Aquí el chiste era que volaran bien nivelados y no “cabecearan”, que era el término empleado cuando se venían de picada o de repente comenzaban a girar y girar en el aire.
Continuará el próximo sábado…
Semblanza:
Vicente Estudillo Castillo, de profesión Médico Pediatra es originario de San Pedro Tapanatepec, Oax. Actualmente, reside en Agua Prieta, Sonora. “Me encuentro en un momento de quietud y tranquilidad, recordando pasajes, eventos y momentos de mi vida, dándole a cada uno el justo valor que tuvieron en su tiempo y que me han dejado profunda huella”.
