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Andador de Letras: La bestia

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Sebastiana Gómez

Cuatro jovencitas que se conocieron en una escuela secundaria vespertina, Lina, Silvia, Elisa y Juanita, entre todas se daban ánimos para continuar con la preparatoria después de la secundaria. Eran muchachas estudiosas; bueno, no todas, pero juntas les gustaba divertirse y reírse mucho. Iban también al cine cuando las películas eran de algún cantante que a ellas les gustara: (Palito Ortega, Angélica María, Raphael, etcétera.). Cuando se juntaban para platicar, lo hacían sobre sus planes futuros y también hablaban de los novios.

En una de esas reuniones, Lina les dijo a sus amigas, que ella ya no pensaba estudiar, pues su novio quería pedir su mano y a ella le agradaba la idea. Así llegó el día de celebrar la boda, todo salió muy bien, sus amigas siempre estuvieron con ella disfrutando de su felicidad. Entre porras y vivas, los novios se despidieron de todos y se fueron de luna de miel para después ir a su nueva casa. 

El futuro hogar se encontraba en un pueblo de pescadores en Chiapas, a unos treinta kilómetros de la playa. Su casa estaba a orillas del pueblo. Tenía un suelo parejo, rodeada de árboles frutales y más cercano a la casa había un sembradío de jamaica. Ahí, el matrimonio vivía feliz.

Un buen día de diciembre, las jovencitas, con el pretexto de que extrañaban a la amiga, decidieron ir a visitarla. Compraron su boleto México-Chiapas y se lanzaron a la aventura. Llegaron a Tonalá siguiendo las referencias y en otro carro se fueron a la comunidad de La Pesquería.

La amiga y su esposo las esperaban contentos y las llevaron a su nido de amor, donde comieron y felicitaron a su amiga por el lugar donde vivía. Al caer la tarde, cuando el sol se ocultaba, el esposo les dijo a las mujeres que las iba a dejar solas en la noche para que platicaran con toda libertad. Él preparó su canasto y su red, dijo que se iba al mar a traerles camarones y pescados para el desayuno y la comida del día siguiente.

Ellas, muy contentas, se quedaron en la casa. Al caer la noche, Lina preparó un café de la región para presumir a las amigas del buen café que ahí se toma. Bajo un techo que estaba junto a la casa, y que servía de comedor, había una pequeña mesa donde las amigas entre plática y plática saboreaban su café. 

De pronto, escucharon un ruido tan fuerte y extraño que las hizo estremecer. Se quedaron quietas, empezaron a escuchar pasos de un enorme animal entre los plantíos de jamaica seca que había detrás de la casa. Por el miedo, se apretaban las manos, pero no podían moverse. 

Segundos después, volvieron a escuchar los pasos más cerca, ahora acompañados de unos fuertes bufidos que las hicieron saltar de sus sillas corriendo a encerrarse dentro de la casa. Apenas cerraron la puerta, se empezó a escuchar que caían las tazas y la jarra del café, así como que aventaban las sillas, las ollas y cubetas que ahí había. Las amigas, dentro de la casa temblaban de miedo, suponiendo que la bestia querría abrir la puerta. Siempre con el terror en el rostro, se abrazaban y se tapaban la boca para no gritar.

No supieron cuánto tiempo pasó, hasta que dejaron de escuchar el ruido. No se atrevieron a salir. Pasado un rato, tocaron la puerta llamando a Alina y ella reconoció la voz de su esposo. 

Las cuatro salieron todavía asustadas. Alina, llorando, corrió a abrazar a su esposo. Él preguntó si había pasado algo y entre todas empezaron a contar lo sucedido. En ese momento se acordaron del tiradero que debió haber hecho la bestia en el comedor. Al entrar al pequeño espacio, ¡cuál va siendo la sorpresa!: todo estaba puesto como ellas lo habían dejado. Nada se había movido. Todas se quedaron sin aliento. El esposo de Alina las volvió a la realidad. Sin hacer ningún comentario. ¿Qué fue lo que sucedió?, nadie ha encontrado una explicación.

Las amigas completaron sus días de paseo. Después de saborear las cosas ricas que por ahí se elaboran, regresaron a la ciudad. Ya en el transporte, Juanita, que era de pueblo, les comentó a sus amigas que ella creía en los nahuales y que por un momento llegó a pensar que el esposo de Alina era uno de ellos.

Semblanza

Sebastiana Gómez (Chahuites, Oaxaca) tuvo una larga carrera docente de más de treinta años de servicio. Inició su faceta literaria en el Taller Denarios, lo que le ha permitido publicar en este diario crónicas y cuentos.

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