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Andador de Letras / El retorno del sisillo

Foto(s): Cortesía
Redacción

Pipe Bohórquez

Bendita maldición

Iba caminando como de costumbre, por la falta de sol. Las carreteras tenían tanto polvo que cubrían todo a su alrededor. Yo me protegía de la polvareda, pero esta siempre lograba entrar de una forma u otra en mis ojos o garganta. En lo que tosía y les gritaba a las cucarachas de dieciséis vagones por su intransigencia, vi al pobre «sisillo» intentando volar como hada malherida. Primero se metió entre los pastos mal crecidos y después que lo alcancé, saltó y aleteó con esas alas casi inservibles y se golpeó con la rendija del apartamento de donde viven los Cáceres.

«Si hay uno, hay mil», pensé, pero no me acerqué a la rendija. Primero, para dejarlo descansar, por así decirlo. También, porque si llevaba otros sisillitos a cuestas, como cualquier otro mensajero de correos, me las iba a ver con la manada con seguridad. Porque ver explotar sisillos es como ver luciérnagas de colores fosforescentes. Un espectáculo maravilloso, con certeza. Pero la alergia que seguía después causaba una rasquiña que no se quitaba con loratadina ni fexofenadina y ni siquiera calamina. Solo la exposición directa al sol lo apaciguaba.

Por lo menos, es lo único que recuerdo, porque es lo que me contaron. Mi mamá sabía una que otra cosa sobre ellos y me decía que mis abuelos se la pasaban matando sisillos. Que vio el último a los nueve años de edad, y se extinguieron de una vez por todas después de que un tal Efraín Pérez consiguió acabar con la madre de los sisillos, la «Gran Sisillota».

Lo de la gran madre también lo supe por don Pío, en una de las muchas veces que iba a robarle uno que otro dulce en su tienda y anticuario. Don Pío, piadoso en continuar existiendo a sus ciento seis años, había visto tantas cosas pasar que para recordarlas mejor se las inventaba de diferentes formas cada vez que las contaba.

«Así pasó, mija, aunque antes esta tierra era de café. Yo no sé qué es eso, pero así lo dice la visionet y también lo dijo mi padre, alma bendita. Pero para mí fue tierra de sisillos, niña. Sisillos infernales, esos animalitos que parecen hadas, pero, la verdad, son escarabajos con nariz y cola de ratón», decía el viejo. Sabias palabras y que en paz descanse el hombre. Porque sí, finalmente estiró las patas. Y hagan cuentas, hasta el año pasado.

Animales tan hermosos de lejos y tan aterrorizantes de cerca. Animales infernales que, al copular, daban alergias por doquier. Su único alimento, la luz del sol. Y aquí nos llegaron a invadir, a este lugar infernal tan bonito de lejos, pero tan horrible de cerca.

Fue gracias a la investigación científica patrocinada por la WorldPeace que en sus estudios concluyó que estos seres tan feo-hermosos fueron oriundos de los subsuelos de Uribia en La Guajira. Que después de unas lluvias en el desierto, que duraron años, emigraron con gran esfuerzo hacia donde pudieron. Una oleada entró por Nueva Orleans y devastaron de costa a costa. La segunda oleada, que se identificó por su ADN, se metió en la península de Yucatán y los otros se entraron por la región Andina vía el Magdalena llegando hasta la Patagonia, según la WP. «Vea, pues. Por un añito y lo alcanza a ver de nuevo el cucho», me dije a mí misma.

 

Continuará el próximo sábado…

Semblanza:
 

Felipe Bohórquez es un escritor colombiano con trayectoria en iniciativas de desarrollo humano y formación, tanto en política pública como en sectores como la banca y la tecnología educativa. “El retorno del sisillo” forma parte de la antología de cuentos Tierra de oro y esmeraldas (Grupo Editorial Letras Negras, 2024). Es un honor para el autor compartir su obra con el público oaxaqueño, al que admira profundamente por su riqueza cultural.

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