Víctor Armando Cruz Chávez
Ernesto Lumbreras es un escritor poliédrico, de agudeza y hondura poéticas que le granjearon, muy joven, uno de los premios de poesía más importantes que se otorgan México: el Aguascalientes, y galardones internacionales como el Iberoamericano “Ramón López Velarde”. Escritor que extiende sus dominios al ensayo, como aquel libro relacionado con el sur profundo del país: Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry.
Hay geografías que son fértiles para la literatura, como lo han sido Tabasco o Chiapas, y también Jalisco, donde hay una estirpe memorable representada por figuras como Agustín Yáñez, Juan José Arreola, Rulfo, Vicente Leñero, Eusebio Ruvalcaba y el puntual continuador de esa tradición: Ernesto Lumbreras.
Ábaco de granizo nos lleva a un viaje narrativo por Ahualulco de Mercado, pueblo natal de Lumbreras. La viñeta, el relato corto, el retrato, la descripción vertiginosa de geografías, seres y anécdotas perfilan un imaginario construido con fragmentos punzantes de condición humana. En este libro se destila un risueño erotismo, una nostalgia gozosa por los paraísos perdidos y las distintas maneras de vivir de un pueblo bajo el humo constante debido a la quema de la caña, como una metáfora terrenal de la mítica Comala.
Abaco de granizo está construido con una narrativa veloz, como esa pincelada japonesa que, en su brevedad, traza una emoción, un éxtasis y un mundo. Este libro tiene parentela con la crónica, la etnografía y la microhistoria, en su descripción pormenorizada de un pueblo y una cultura, enfocando hechos particulares de una comunidad que, a la luz descriptiva, revelan universos que yacían escondidos en el vértigo de lo cotidiano. Con ello, este libro se contrapone con mucha precisión narrativa y autobiográfica a aquel prejuicio de que la gran literatura debería ignorar el color local y trasladarse a entornos más universales. Nada más falso, porque mucha de la gran literatura transforma los pequeños lugares en espacios inmensos donde la vida sucede en toda su complejidad y dramatismo, como ese Dublín secreto de Joyce o Zapotlán el Grande, de Arreola.
Dicen que la nostalgia puede ser muy poderosa en las manos correctas, y estos relatos ocurren en un tiempo determinado, en la década de 1980, en un pueblo específico donde la voz narrativa está a cargo de un niño, un adolescente que mira su mundo, lo describe para nosotros, trae a colación un poco de tradición oral y el censo de negocios, oficios y personajes como doña Liboria, vendedora de frutas y golosinas; el Tomaso, paria que vive en un panteón; el tío Melquia con probada vocación de malhechor; don Alejandro Ocaranza, cronista del pueblo con lentes de culo de botella, personaje de erudición decimonónica, padre de la bella Zaira, ante cuya verde mirada sucumbe el joven poeta.
En este censo no puede faltar don Panta, el último aguador desde los tiempos de Nueva Galicia, que en su pipón cargado por burros surte al pueblo agua de la Hacienda la Gavilana, al lado de su ayudante apodado Cuájano Maduro, un enano monstruoso, hombrecito desdichado del que la gente contaba estrambóticas historias, como aquella de que, por las noches, se transformaba en un charro apuesto, seductor y timador, a la inversa de Mr. Hyde.
A la lupa de la añoranza, este libro visibiliza una parcela del mundo que ha trasmutado y cambiado de piel incontables veces. A la manera del libro Museo de sombras, del italiano Gesualdo Bufalino, donde la microhistoria es reina, Abaco de granizo es una recreación de Ahualulco de Mercado, que Ernesto Lumbreras dibuja con una prosa divertida y astucia poética. También, como en la novela La feria, de Juan José Arreola, varias presencias y voces toman turnos y se alternan, invaden la página para consignar el microcosmos de Ahualulco, donde las cosas que sucedieron: amores, incendios y hábitos secretos son como las golondrinas de Bequer: dijeron adiós para no volver jamás.
Veo también un paralelo con Fiera infancia y otros años, de Ricardo Garibay, pero sin ese sesgo a veces trágico que irradia la prosa magistral del hidalguense. En este punto quiero hacer un símil musical. Pese a su esencia nostálgica, estos relatos nunca condescienden a los guiños de la tristeza. Por el contrario, la prosa se sostiene en un paroxismo de humor y sarcasmo permanente. Esta obra está escrita en tempo allegro y nunca abandona esa rítmica bailarina y enjundiosa que obliga a la melancolía a quitarse el vestido gris y ponerse ropa ligera para contonearse ante la mirada poética.
Las páginas de Ábaco de granizo son, ante todo, un mecanismo de resistencia, un bastión donde se defiende y se consigna con tierna furia lo que hemos sido. Aquí la memoria es un campo de batalla y la imaginación es la falange para recuperar territorios que se han ido. Las cuentas del ábaco trasmutan en páginas donde se enumeran los fantasmas de la memoria personal y colectiva.
Somos exiliados en este presente, desterrados de un ayer que sólo es recuperable en los límites de la poesía. Por eso este libro me hace pensar en Octavio Paz, cuando dijo que la memoria es un presente que nunca acaba de pasar. En Pessoa, quien dijo que tenemos dos vidas: la verdadera es la que soñamos en la infancia, y también la que seguimos soñando de adultos en un sustrato de niebla. En García Márquez, quien pensaba que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. En Carlos Montemayor, quien dijo que el recuerdo es una de las dimensiones que nos ayuda a unir nuestra propia identidad. En Louise Glück, quien escribió: Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria.
Lo que hacemos los escritores son tentativas por recobrar lo perdido a través de búsquedas estéticas tan diversas, ya sea por medio de la poesía, el relato, la novela o la crónica. El objetivo es luchar contra el olvido, que es una forma devorante de la muerte, como escribió con justa razón Ricardo Garibay.
