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Derrama turística, desigualdad persistente

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

Cada periodo vacacional en Oaxaca activa una narrativa conocida: cifras al alza, ocupación hotelera cercana al lleno y una derrama económica que se presume como indicador de éxito. Semana Santa no es la excepción. Las autoridades celebran la llegada de visitantes como una señal de dinamismo y crecimiento. Sin embargo, detrás de ese discurso optimista persiste una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia realmente el turismo?

Oaxaca se ha consolidado como uno de los destinos culturales más importantes del país. Su riqueza gastronómica, diversidad étnica y patrimonio histórico lo colocan en el mapa global. De acuerdo con la Secretaría de Turismo de México, el flujo de visitantes hacia destinos culturales ha crecido de forma sostenida en los últimos años. Pero ese crecimiento convive con una realidad estructural que no cambia con la misma rapidez.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Oaxaca se mantiene entre las entidades con mayores niveles de pobreza en el país. La contradicción es evidente: un estado que atrae turismo internacional, pero que no logra traducir ese flujo en bienestar generalizado para su población.

El modelo turístico predominante explica parte de esta brecha. La derrama económica tiende a concentrarse en sectores específicos, mientras amplios segmentos de la población participan en condiciones precarias, con empleos temporales, ingresos inestables y escasa protección social. La economía local se dinamiza, sí, pero lo hace de forma desigual.

A ello se suma el impacto en el territorio. En zonas como Oaxaca de Juárez, el auge del turismo ha presionado el costo de la vivienda y modificado dinámicas comunitarias. El crecimiento de rentas de corta estancia y la reconfiguración de espacios urbanos han generado desplazamientos silenciosos, donde los habitantes originales pierden lugar frente a la lógica del mercado.

En el ámbito cultural, el riesgo es igual de significativo. La promoción turística, en su afán por atraer visitantes, puede simplificar o estandarizar prácticas profundamente arraigadas en las comunidades. La cultura deja de ser vivida para convertirse en producto, ajustado a la demanda externa.

Nada de esto implica rechazar el turismo. Sería un error plantearlo en términos absolutos. El turismo es, sin duda, una fuente importante de ingresos y una oportunidad de desarrollo. El problema radica en la falta de un modelo que distribuya de manera más equitativa sus beneficios y que proteja tanto a las comunidades como a su entorno.

La discusión de fondo no es si Oaxaca debe recibir turistas, sino bajo qué condiciones. Si el crecimiento turístico no se acompaña de políticas públicas que garanticen inclusión, sostenibilidad y justicia económica, el riesgo es perpetuar un esquema donde el éxito se mide en cifras, pero no en calidad de vida.

Semana Santa volverá a dejar números positivos. Pero mientras esos números no se reflejen en mejores condiciones para la mayoría, el turismo seguirá siendo una promesa incompleta: visible en las estadísticas, pero ausente en la vida cotidiana de miles de oaxaqueños.

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