Por Sergio Parra / Muy Interesante
Un equipo de científicos ha confirmado que Ecuador alberga una nueva especie de rana de cristal, bautizada como Nymphargus dajomesae, un anfibio que probablemente se originó hace unos 4,5 millones de años y que lleva el apellido de Neisi Dajomes, la primera mujer ecuatoriana en ganar un oro olímpico. El hallazgo se publoica en PLOS One y vuelve a poner el foco sobre uno de esos rincones del planeta donde la vida parece escribir sus secretos en voz baja.
La especie fue localizada en la reserva natural El Quimi, en el sur de Ecuador, dentro de la Cordillera del Cóndor, una región montañosa que los investigadores describen como un auténtico “mundo perdido” para los anfibios. No es una exageración literaria: durante dos expediciones realizadas en 2017 y 2018, más del 85% de las especies de anfibios observadas en la zona resultaron ser desconocidas hasta entonces para la ciencia.
Hay descubrimientos que amplían un catálogo, y otros que cambian la manera de mirar un territorio. Esta pequeña rana transparente pertenece a la segunda categoría: no solo añade una especie nueva al árbol de la vida, sino que insinúa que el sureste ecuatoriano todavía guarda una riqueza biológica inmensa, frágil y apenas entrevista.
Un anfibio diminuto con un diseño casi irreal
Las ranas de cristal son uno de los grupos más fascinantes de anfibios tropicales de América Central y del Sur. En conjunto suman unas 167 especies arborícolas, célebres por esa transparencia ventral que en algunos casos permite ver el corazón y otros órganos internos con una nitidez desconcertante. La nueva Nymphargus dajomesae se incorpora a esta familia con un aspecto tan delicado como singular.
Su dorso es verde uniforme y presenta una textura granulada, como si la piel hubiera sido esculpida con diminutas cuentas de vidrio. En la parte inferior, una membrana blanca con células especializadas que reflejan la luz cubre el corazón, el esófago, el estómago y los riñones, mientras que otras membranas internas permanecen transparentes. Ese contraste anatómico convierte al animal en una pieza de relojería biológica, mitad camuflaje, mitad prodigio evolutivo.
Pero hay un detalle que vuelve aún más poderosa esta historia: su edad profunda. A partir de comparaciones genéticas con especies emparentadas, los autores estiman que esta línea evolutiva probablemente surgió en el Plioceno, hace alrededor de 4,5 millones de años. Es decir, mucho antes de que nuestra especie apareciera sobre la Tierra, esta rana ya tenía su propio camino abierto en los bosques andinos.
El nombre de Neisi Dajomes: ciencia, símbolo y memoria pública
Nombrar una especie nunca es un gesto neutro. En este caso, los investigadores eligieron homenajear a Neisi Dajomes, la halterófila ecuatoriana que conquistó el oro olímpico en la categoría femenina de 76 kilos en Tokio 2020 y se convirtió en la primera mujer del país en lograrlo. El bautismo, por tanto, no solo reconoce una figura deportiva: también enlaza ciencia, identidad nacional y visibilidad femenina.
La elección tiene una fuerza simbólica evidente. Según explicó uno de los autores, el hallazgo resulta especialmente significativo porque la descripción de la especie estuvo liderada por una joven científica y porque el nombre celebra a una campeona que abrió camino para otras mujeres en Ecuador. La rana, así, deja de ser solo una novedad taxonómica y se convierte en emblema cultural: un pequeño animal de bosque nuboso que lleva inscrita una historia de esfuerzo, representación y futuro.
En tiempos de hallazgos fugaces y titulares rápidos, este vínculo entre biodiversidad y referentes sociales tiene algo raro y valioso: permanece. La ciencia no solo clasifica el mundo; también decide cómo lo recuerda. Y al hacerlo, puede ofrecer una forma distinta de prestigio, una en la que el microscopio y la memoria pública caminan de la mano.
El “mundo perdido” de El Quimi y la amenaza que ya acecha
Si el descubrimiento deslumbra, el contexto inquieta. Por ahora no se sabe si la nueva rana está amenazada o en peligro, pero el primer ejemplar apareció a escasa distancia de una región agrícola y de una explotación minera a gran escala. Y esa proximidad importa: la minería en el área ya ha sido asociada con el descenso de poblaciones locales de anfibios, un grupo especialmente sensible a las alteraciones del agua, el suelo y la cobertura forestal.
El Quimi aflora así como un laboratorio natural y, al mismo tiempo, como una frontera vulnerable. Los investigadores sostienen que el sureste de Ecuador —y también el noreste de Perú, al otro lado de la frontera— merece campañas continuadas de prospección biológica e identificación de especies. La razón es simple y extraordinaria a la vez: pocos lugares de los Andes tropicales parecen concentrar ensamblajes de anfibios tan novedosos como los hallados allí.
La gran pregunta ya no es solo cuántas especies faltan por describir, sino cuántas podrían desaparecer antes de recibir un nombre. Ese es el vértigo real que acompaña a descubrimientos como este. Cada nueva especie hallada en una cordillera remota es también un recordatorio de lo mucho que ignoramos y de la velocidad con la que ese patrimonio puede desvanecerse.
En la transparencia de esta rana diminuta hay algo más que belleza: hay una advertencia. Como una lámpara verde encendida en la espesura, Nymphargus dajomesae ilumina a la vez la exuberancia de Ecuador y la fragilidad de sus márgenes. A veces la naturaleza no grita para pedir atención; basta el latido oculto de un animal casi invisible para recordarnos que todavía existen mundos secretos, y que protegerlos quizá sea una de las formas más nobles de inteligencia.
