La vida de Andrea Miguel, una mujer que ha pasado sus 78 años en el campo, es un contraste.
Lo que para otras personas puede ser una vida llena de carencias, para ella tiene la simplicidad de un resguardo que le evita el riesgo de contagiarse de COVID-19.
“Aquí no se puede tener trabajo, aunque sea de lavaplatos, no hay dónde”, dice sentada en una piedra a unos pasos de la carretera federal que cruza el municipio de Santo Domingo Yanhuitlán, en la mixteca oaxaqueña, mientras con su mirada cuida que los seis borregos a su cargo no se dispersen.
La mujer, quien enviudó hace siete años y de cuyo vientre nacieron ocho hijos, vive y come en la casa de una señora a cambio de cuidarle sus seis borregos, una tarea que le ocupa casi todo el día a campo abierto, sin necesidad de utilizar un cubreboca y en un aislamiento social que para ella es costumbre.
Esa sana distancia ha evitado en Andrea un contagio que a su edad podría implicar complicaciones y en el contexto rural, con un deficiente sistema de salud, una limitada capacidad de atención que garantice su acceso a la salud, un derecho fundamental y humano.
Con la frescura del día, un sombrero tapa su cabello trenzado; un vestido, un pantalón, un mandil y suéter son su abrigo.
Los zapatos están desgastados y llenos de lodo, de tanto caminar entre la loma.
Para ella, vivir en “un pueblo chiquito” es más fácil cuidarse y las cifras lo confirman: sólo dos personas se contagiaron, incluida una mujer embarazada de 44 años, pero ambos se recuperaron desde hace un mes.
Vivir en una zona rural ha hecho que Andrea conozca bien la pobreza, pero a la vez la generosidad de la tierra que le ofrece nopalitos, quelites u otras hierbas comestibles como el coyul, la cual sus ojos distinguen bien y sus manos saben convertirla en salsa.
“¿Irme a vivir a otra parte?”, su pregunta va pegada a una sabia respuesta: “En la ciudad todo se compra, todo es dinero”, así que elige la libertad de caminar entre el campo, con la posibilidad constante de arrancarle a la tierra algo para comer.
