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Sólo tras contagiarse se supera la incredulidad ante el COVID-19, señala paciente recuperado

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Como trabajador de un panteón en una agencia del municipio de Oaxaca de Juárez, Carlos se acostumbró a que la pandemia incremente las veces que debe abrir una fosa para recibir un cuerpo más, pero a sus 40 años de edad su incredulidad a la COVID-19 sólo la pudo echar abajo cuando por 20 días vivió los estragos de una enfermedad que, como ninguna otra, lo tiro en la cama.


Quizá fueron los restos que con otros tres de sus compañeros enterraron a inicios de enero. Esa tarde los guantes de látex se habían acabado en el panteón o que posiblemente la caja no estaba herméticamente cerrada porque sabe que las funerarias “con tal de generar dinero no hacen su trabajo bien”.


Con lo "entrón" que es Carlos, nombre ficticio que pide para mantener su anonimato, esa ocasión no huyó al trabajo. Junto con otros tres compañeros hundió y sacó la pala cuantas veces fue necesario para volver a cavar en una tumba donde los familiares tienen derecho de perpetuidad, la única manera de enterrar un nuevo cuerpo en ese panteón que ya está repleto.


Una vez que la carroza de la funeraria se estacionó en la puerta del panteón, los deudos cargaron el ataúd hasta la tumba, donde Carlos y sus compañeros esperaban con dos barretas y mecates, para maniobrar y lograr que el ataúd café, forrado de plástico transparente, llegara hasta el fondo de la fosa, unos centímetros arriba de otro ataúd que se sepultó años atrás.


El primer fin de semana de enero Carlos sintió un cansancio que nunca había experimentado y no alcanzó a irse a dormir a su casa, prefirió quedarse en la bodega del panteón donde trabaja porque su padre de 90 años días atrás también había enfermado de COVID.


Sin visitar una institución de salud pública para que le aplicaran una prueba condenatoria de COVID-19, Carlos recurrió a los servicios médicos particulares. El tratamiento incluyó el dióixido de cloro, a pesar de las advertencias de especialistas por los daños que puede ocasionar.


"Gracias a Dios no necesité oxígeno, pero hubo un día que si me puse muy mal y creímos que ya me tocaba morir, mucha gente no cree en el dióxido de cloro, pero yo con eso salí adelante" y como la enfermedad, considera que es decisión de cada quien creer o no creer.


"Son temas delicados, desafortunadamente la gente no cree, yo no creía a pesar que veía que la gente estaba muriendo y que el 28 de noviembre mi padre cayó enfermo”, admite.


Al día de ayer los Servicios de Salud de Oaxaca contabilizan 2 mil 726 defunciones y 38 mil 254 casos de COVID-19, pero únicamente están aquellos que cuentan con una prueba confirmatoria.


"Desafortunadamente la gente no cree, yo no creía a pesar que veía que la gente estaba muriendo y que el 28 de noviembre mi padre cayó enfermo”.


Carlos, testimonio.


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