Mi amiga Marcela me dice que cancele la boda y busque a Martín, porque es el hombre que amo, o que me vaya de viaje, conozca chicos, que mi mundo no se me va a acabar, ¡Aja!, si estuvieras en mi lugar no dirías lo mismo, pensé.
Lo bueno es que tan solo faltan 10 días para que mi martirio termine.
Me gusta estar con Juan. ¡Es tan tierno!, me siento tranquila al estar a su lado. ¡Y cómo ha sufrido en la vida para lograr lo que tiene, siento que ya lo quiero!, seguro que terminaré por olvidar a Martín.
Mi abuela está feliz, echándome porras como siempre; creo está orgullosa de mí, me dice: Hoy pocos hombres ofrecen matrimonio, ya no quieren responsabilidades. ¡Hijita, qué más puedes pedirle a la vida: ¡joven, atractivo, bueno y con dinero!
Mi madre está un poco enojada conmigo, pero eso no me importa, nunca nos hemos llevado bien, muchas veces siento que nunca me ha querido. Cuando se iba con sus hombres -como decía mi abuela-, me dejaba cuidando a mis hermanitos todo el día.
Se me ocurrió algo descabellado. ¡Quizás mato dos pájaros de un tiro! Le hice llegar a Martín la invitación a mi boda, así sabré si aún me quiere. ¡Probablemente me pedirá matrimonio! Si no ocurre eso, se disipará mi duda de casarme con Juan.
Pero de ninguna manera estoy dispuesta a quedarme sola, de eso estoy segura. Una reina jamás tira la corona.
Martín llegó a mi boda del brazo de la cusca; muy quitado de la pena, se acercó a felicitarnos; sentí desfallecer y otra fuerza me elevó por los aires. ¿Y mi corona? Tan pronto como pude, reaccioné con una sonrisa en los labios, con un gesto amable los invité a pasar ante la mirada atónita de Juan.
El resto de la ceremonia y el festejo transcurrió sin contratiempos; cada recuerdo amargo con Martín, lo recompensaba mirando a Juan y satisfecha de que estuviera a mi lado.
Ese hombre era el adecuado.
