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¿Por qué los hombres son así?: la sexualidad infantil

Foto(s): Cortesía
Redacción

No dudo que para algunos hombres, el título de la cabeza de párrafo con el cual cerré la nota anterior pueda resultar ofensivo; sin embargo, tengo plena justificación para suponer que muchos hombres en su vida cotidiana tienen conductas cínicas. Posiblemente podrían incluirse algunos que ante la sociedad sostienen un rostro intachable.


Sexualidad infantil, ¿verdad o mentira?


En el caso mencionado, Freud comenta que con el propósito de averiguar las mociones sexuales y formaciones de deseo que en su teoría sostiene, son patrimonio constitucional común a todos los seres humanos; instaba a discípulos y amigos a compilar observaciones sobre la vida sexual de los niños. Así mismo, remarca que el adulto hábilmente pasa por alto o la desmiente adrede. Al leer las anotaciones que el padre del pequeño Hans entrega a Freud, no será motivo de sorpresa si alguien identifica algunas conductas del niño con las del hombre adulto.


El hace-pipí para Hans cobra gran relevancia, será motivo de su curiosidad infantil y de sus primeras grandes investigaciones. Es por mucho tiempo la parte más preciada de su cuerpo. También en los adolescentes podemos encontrar restos de esta sobreestimación del miembro viril, pues algunas conductas permiten entrever el intento de reafirmarse como poseedores de tan preciado miembro, principalmente en aquellos juegos en donde tienen la posibilidad de colocarse por encima de los demás hombres (en muchos casos de la mujer). Es como si permanentemente buscaran decir: yo lo tengo más grande.


La reafirmación del hombre


La búsqueda permanente de dicha reafirmación que el hombre por regla general busca y de la cual en la vida cotidiana encontramos desde la más sutiles como grotescas expresiones, tiene su origen en acontecimientos que se representan en lo psíquico en la tierna infancia, de lo cual recogemos evidencia en la investigación psicoanalítica. Si bien como he dicho en repetidas ocasiones, es el placer que provee el mentado órgano lo que hace que cobre su valor, esto no es de suficiente peso para que en el hombre se geste la necesidad de reafirmarse como poseedor de él. Será necesario que entren en juego otros elementos, tales como: el conocimiento que el niño adquiere por la observación de que no todos tienen hace-pipí, por un lado; por otro, la experiencia de pérdida que le es heredada por otras ocasiones en las que se ha visto impelido a desprenderse de aquello que le produjo placer, lo que en su momento le refuerza la idea que eso tan preciado puede perderlo.


Si agregamos que los seres humanos no escapamos de la fuerza que impele a repetir las experiencias que nos depara una satisfacción particular, no es extraño que la menor amenaza a perderla lleve en este caso al hombre a quedar atrapado en la compulsión a repetirla y el temor a perder el objeto que se la proporciona, situación que redundará en conducta.


 


 

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