Dentro del área COVID del Hospital General Doctor Aurelio Valdivieso, al norte de la ciudad de Oaxaca, el enfermero Francisco se siente más seguro que si lo asignaran a otro servicio o cuando transita por la calle.
“Cuando entro ya sé que hay o pueden llegar personas contagiadas y tengo equipo de protección, pero en otras áreas no se sabe cuándo vas a recibir a un paciente asintomático y en la calle hay personas contagiadas de COVID-19 que no toman las medidas de prevención”, analiza.
Un área que no existía
Este es uno de los 27 hospitales que forman parte del plan de reconversión al que obligó la pandemia, pero fue de los últimos en operar con su área COVID-19 remodelada, hace menos de 20 días. El 16 de mayo empezó a recibir pacientes sin que las obras hubieran concluido.
El piso del servicio de urgencias se rediseñó. Los pacientes sospechosos o con diagnóstico positivo a COVID-19 ingresan por una larga rampa que da a la calle de Porfirio Díaz, frente a la Fuente de las Ocho Regiones.
Esa puerta de acceso funciona también como salida de emergencia, pero la mañana del martes, durante el sismo de 7.5 grados que sacudió a seis entidades del país, casi nadie la cruzó, la mayoría se quedó adentro, dominando angustias y temores, los pacientes ni percibieron el movimiento telúrico.
Ninguno de los cinco pacientes adultos se levanta por sí mismo de la cama. La orina se extrae por sonda. Lo único que visten es un pañal desechable. En cada cuerpo una sonda o un tubo es la conexión a la vida, un intento por prolongarla y ganarle la batalla a un nuevo virus.Hay espacio para seis personas adultas, pero sólo cinco están hospitalizadas, todos hombres, uno recién desconectado del ventilador mecánico, una hazaña médica y del propio paciente que aún está desorientado, tras días de permanecer inconsciente por sedación.
No se manejan archivos clínicos en físico, si un médico receta algo, lo escribe en un papel que pega en el vidrio del área de mezclas. El o la enfermera se encarga de suministrarlo al paciente una vez que está listo.
El paciente más pequeño
Existe un quirófano y la sala de expulsión no se ha usado, pero en el área pediátrica hay un recién nacido que se contagió de manera vertical, su madre estaba infectada y tuvo gemelos.
“Este bebé nació el día 15 (de junio) vía cesárea abdominal, con 31.4 semanas de gestación, estaba en sala general de UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales), pero el fin de semana notificaron que su mamá dio positivo a COVID-19”, relata la enfermera especialista en neonatología, Erika Avendaño Martínez.
De los gemelos hombres, sólo el segundo dio positivo a la prueba de SARS-CoV-2. Él respira con apoyo de puntos nasales porque al ser prematuro sus pulmones aún no están fortalecidos.
Para la enfermera Fátima, después de la la influenza AH1N1 en 2009, esta es la segunda pandemia que atiende en el Hospital Valdivieso, pero esta nueva enfermedad la ha hecho ver que la vida se puede extinguir más rápido, a falta de un tratamiento específico.
El ritual de protección
Por su capacidad limitada a seis pacientes adultos y tres pediátricos, esta área COVID es de las más pequeñas en los hospitales adecuados para atender la pandemia en la zona metropolitana, pero ingresar implica los mismos cuidados, empezando por despojarse de joyas, reloj, llaves o celular.
En el pasillo de acceso para el personal inicia el ritual de seguridad sobre el uniforme médico o de enfermería. Unos guantes desechables de nitrilo que impiden la sudoración es el primer recubrimiento; después unas botas del mismo color y también desechables, porque el overol blanco no cubre los pies.
Colocar el cubreboca N95 es el paso más delicado, el nuevo virus se puede colar por solo un milímetro de espacio libre entre el aditamento y la cara que debe soportar la presión a la altura del tabique nasal o los pómulos cuando se añaden los googles, la primera protección de los ojos.
Después de colocar el gorro quirúrgico desechable y correr el cierre del overol, una delgada bata amarilla cubre el cuerpo casi todo el cuerpo. Ahora es momento de portar una careta como segunda protección del rostro y otros dos pares de guantes completan la protección. Los radios portátiles ingresan dentro un guante de cirujano, para facilitar la comunicación.
La labor invisible
En el mes que Rebeca Galván ha entrado a limpiar el área ha bajado entre tres y cuatro kilos. Ella es de las pocas trabajadoras del área de limpieza que rompió el miedo a contagiarse o llevar el virus a su casa.
“Es algo riesgoso, sudas demasiado, a veces te sofocas, sientes que te falta el aire”, describe una mujer que debe ser cuidadosa con sus movimientos y precisa para suministrar las dosis exactas de cloro que utiliza para desinfectar, porque ver pacientes intubados es algo a lo que ya estaba acostumbrada.
“El equipo hace que generes calor, el sudor te entra en los ojos y arde; aspiras el mismo bioxido de carbono que produces con la mascarilla, eso mismo te hace sentir dolor de cabeza, aturdimiento y algún otro malestar”, describe el médico residente en urgencias, Blas Acevedo, quien demoró tres guardias en acostumbrarse a usar la protección.
Adentro casi nadie reconoce al otro, salvo por la estatura o la voz que debe ser fuerte para que el sonido rompa la barrera que genera el equipo de protección que sofoca durante las cuatro horas de turno.
Desinfectarse con riguroso cuidado
Para salir el retiro del equipo debe ser con sumo cuidado e implica dejar de inmediato googles en una solución con cloro, desinfectar con gel antibacterial los guantes cada que se desecha alguna pieza del equipo, distribuidos en botes de basura distintos.
Cumplir con ese procedimiento de desinfección es lo que impidió que durante el sismo del martes la mayoría de trabajadores asignados saliera del área, “se quedaron ahí, con los pacientes que luchan con un virus desconocido”, considera la subdirectora de Enseñanza, Investigación y Calidad, Gema Hernández Bernardino.
Al día, entre personal médico, de enfermería, de limpieza y traslado, así como camilleros y técnicos en radiología ingresan 55 personas que cumplen turnos de cuatro horas como máximo.
Libres de contagios
El logro es que “todos están sanos y eso les genera bastante seguridad” en un área que se ha adecuado “gracias a voluntades”.
Para Francisco esta es su segunda pandemia, pero a diferencia del joven enfermero que en 2007 ingresó siendo soltero, ahora vive con su esposa y dos hijos. Aún así, cada que ingresa al área COVID-19 tiene una ventaja, ya sabe a lo que se enfrenta. El peligro mayor sigue estando en la calle.
