Alejandro José Ortiz Sampablo/ Tercera de cinco partes
En el campo de la Psicología estamos acostumbrados a pensar que “Infancia es destino”, pero no siempre se comprende en su totalidad lo que dicha idea implica.
Un vistazo al pasado
La infancia de un pequeño está sobredeterminada principalmente por la vida psíquica de ambos progenitores; ya en este punto, tratar de explicar la idea se complica, pues muchos encontraran en ello una historia sinfín y por tanto la justificación para no encontrar solución a lo que les sucede como padres, y de tal manera adoptar una postura pesimista.
Regresemos en el tiempo, a los primeros años de este siglo, donde nos encontraremos a una pareja de enamorados en pleno idilio, quienes viven con la idea de amarse mutuamente. Lamento si en el transcurso de la historia rompo algunas ilusiones, tan solo puedo decir a mi favor que no diré nada que no suceda o siga aconteciendo en la vida cotidiana de los seres humanos. El afecto que conocemos como amor es uno de tantos que le permiten a la entidad psíquica llamada Yo, el engaño.
Divina cualidad
Es linda la ilusión que los individuos creamos con el amor, en la relación de pareja nos hace creer en la frase “nos amamos”, donde la omnipotencia del pensamiento (cualidad que se forja en la vida infantil) juega un papel preponderante; sin embargo, son bien conocidos los finales de tales historias de amor, sea porque se ha experimentado en carne propia o porque fue la de una persona cercana. El amor, como todo afecto se exterioriza, sin embargo, en muchas ocasiones será un afecto que se atrofia, es decir, se queda en las expresiones más conocidas por nosotros, donde la entidad psíquica llamada Yo no llega a perturbarse. Seguramente saben a cuáles me refiero, solo que se encuentran normalizadas en lo que entendemos es el amor. Por regla general hablar de esto al Yo lo perturba, ya que se ve trastocado el mundo que ha construido para resguardar su imagen ante el mismo, es por ello que eventualmente se confunde.
Espejismos del amor
Las palabras dulces, esas que muchas veces son susurradas al oído, en un poema o en una canción, los te quiero, los te amo; las miradas que en esos momentos del amor transmiten la más bella ternura o la más arrebatada pasión; no podemos dejar de lado las caricias, las que nos llevan al mismísimo cielo con un roce o un beso, con las que los amantes sienten fundirse el uno con el otro. Estas expresiones que al observador le harán decir frases como “qué lindo, sí existe el amor”, son tan solo eso, expresiones de aquello que el Yo siente y que de manera inmediata están enlazadas al principio de placer. Esto último no es difícil de deducir, lo complejo comienza al abrir interrogantes ¿qué hace especial al objeto de amor para que sea el depositario de tales expresiones?, algunos responderán “pues porque lo ama”. Pero tal conclusión no es aceptable para quien se dedica a la investigación del alma.
Continuará el sábado…
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