Alejandro José Ortiz Sampablo/ Segunda de cinco partes
¿Qué es aquello que como padres hace que perdamos el rumbo -por decirlo de algún modo-? La pregunta se me impuso a manera de orientación por el camino trazado en la nota anterior, con la cual algunos no estarán de acuerdo. No obstante, las expresiones que manifiestan nuestros hijos en conductas y emociones, siempre serán los indicadores del lugar que ocupamos en la constitución psíquica de ellos y ellas.
Dos lugares en el alma
El lugar que ocupan el padre y la madre en la constitución psíquica de un individuo, generalmente es difícil de comprender no solo para los mismos individuos, sino incluso a nivel teórico. El primer obstáculo para alcanzar claridad en el planteamiento del problema es la moral. Esto se debe a que la entidad psíquica (el Yo) encargada de orientar en el mundo a las personas, tiene que conciliar entre las demandas de su mundo interno (vida anímica) con las que el mundo exterior le exige o le impone, por lo que una parte de él (el Yo) se parcela, dando así aparición a lo que conocemos como conciencia moral. De esta manera, el Yo ante ciertas situaciones realiza lo mismo que Poncio Pilatos, “se lava las manos”. Es decir, al parecer el Yo no tolera verse a sí mismo como responsable de sus actos y decisiones.
Dos polaridades
En este punto, algunos pensarán que me equivoco al argumentar tal cosa, pues en el caso que nos ocupa existen madres y padres que se encuentran en situaciones anímicas de reproche y culpa por la manera en que trataron o educaron a sus hijos. Lo que no contradice la analogía que utilizo, pues quien cae en situaciones anímicas de reproche y culpa, por regla general transitó de una u otra manera en momentos donde privilegió su bienestar antes de afrontar aquello que le demandaba el mundo exterior. Esto puede leerse de manera fría, pero es un asunto de hecho.
Por otro lado, existen aquellos padres y madres que ponen gran empeño en la formación de sus hijos, procuran la comunicación y la empatía, se sirven de los ultimísimos métodos de educación para que su hijo o hija cuente con las herramientas necesarias para la vida. Le proveen un mundo de felicidad, le hacen sentir lo mucho que es amado. Usted lector, ¿podría pensar que tal situación puede llegar en un futuro a jugar en contra del adulto? Nuevamente aquí nos oscurece la vista el velo de la moral, al pensar que estos padres serían mejores que los aludidos con anterioridad. Pues de esta manera se deja de considerar la vida psíquica de dichos padres e hijos.
Luego entonces ¿a qué me refiero cuando menciono vida anímica, psíquica o alma? En ocasiones las uso indistintamente, pero para que usted lector logre una claridad en ello, me serviré de situaciones cotidianas. Para lo que será necesaria crear una historia que no se aleje de nuestra realidad y que de ustedes sea conocida.
Continuará el miércoles…
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