Vivir desde los nueve años bajo la tutela de una enfermera y un médico hizo que en la adolescencia Emma de León Jiménez decidiera convertirse en enfermera, pero lo logró hasta que cumplió 29 años, cuando fue parte de la primera generación que egresó de la licenciatura que para este sector impulsó la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO).
Primero en el Hospital de Campo que el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tiene en Matías Romero y después en el Hospital de Zona Número Uno Doctor Demetrio Pardo de esta ciudad, Emmita -como prefiere que le digan-, ha dedicado 27 de sus 56 años de vida a procurar cuidados y dar alivio al alma de las personas enfermas, principalmente en las noches.
Turno nocturno
Antes de que el reloj checador marque las 20:30 horas Emmita ya ingresó al área de medicina interna poniente del principal hospital del IMSS en la Ciudad de Oaxaca. No hay tiempo de cabecear o parpadear. Los 24 pacientes demandan atención y sólo hay otra enfermera más.
Un paciente con una lesión de tibia acaba de ingresar, pero trae también otros padecimientos, es hipertenso y diabético. Además del dolor, debe vigilar que su presión no suba, que su glucosa se mantenga estable.
En otra cama un paciente con una cardiópata batalla para respirar porque ingresó con sospechas de influenza, su respiración depende del oxígeno que se le suministra.
Los cuidados con la vigilancia de la coloración de la piel de otro paciente que está grave, la aplicación de los medicamentos debe ser en las cantidades exactas y en la hora precisa.
Emmita no siente cansancio ni molestia alguna, se mueve con la facilidad y la paciencia de amar una profesión en la que cree que se ejerce por vocación, trata de que todo se mantenga en orden para que no tenga que buscar al médico que está en el área poniente, no hay uno adscrito a la zona donde está ella.
Menos personal
¿Es difìcil la labor de enfermera, sobre todo en el turno nocturno?, se le pregunta y ella responde sin titubear: “Ningún turno es difícil, pero en el nocturno siempre hay menos personal”.
Tener disciplina para cumplir con todas sus responsables es la fuente de inagotable precisión para ella, una mujer adulta que desde los 14 años ya quería ser enfermera.
“Crecí en una clínica”, recuerda. A los nueve años, Emma, abandonó San Juan Guichicovi, en el Istmo de Tehuantepec, porque su madre, Irma Jiménez´ y su padre´ Casto de León, quisieron que tuviera un mejor porvenir.
En Pichucalco, Chiapas estudió hasta el nivel de bachillerato, sólo así su tutora, Luisa Jiménez, y su tutor, Rafael Vila, le permitieron dejar Chiapas y volver a Oaxaca, donde le esperaba la oportunidad de ser de las primeras mujeres en estudiar la licenciatura escolarizada en enfermería.
Trato digno
Ver la dedicación que su tutora Luisa, formada en una escuela militar, ponía en cada paciente, la inspiró a tener la claridad que cada trato implica la estabilidad de la salud y la vida de una persona.
No hay momentos traumáticos ni decepcionantes en su mente, pero si dolorosos cuando ha palpado el dolor de un niño de dos años que ingresó a urgencias con conjuntivitis, agravada por el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH).
“Como enfermera todo es un reto, no me gusta ver el sufrimiento humano, menos en niños y lo más impactante ha sido ver a un niño portador de VIH”, con las defensas bajas la conjuntivitis se desarrolló de forma más severa y para ese “dolor emocional”, no hay una clave de medicamento que se le pueda suministrar.
Recibir de las personas que ha ayudado a sanar un mensaje de felicitación por el año que recién inició o por el Día de la Enfermera “es el mejor reconocimiento” a una labor que inició por vocación, una que no la limita al cuidado de la salud física, sino que engloba “el entorno familiar y la esfera de las emociones” porque “a mí me llena más tratar la parte emocional”.
