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El drama de vivir sin un riñón en la pobreza

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Antes de cumplir la mayoría de edad Leobardo López López entendió cómo la pobreza potencia los males: sin un riñón, sin estudios de nivel superior y sin seguridad social trata de sobrevivir a una enfermedad crónica que le demanda un tratamiento costoso.


Ver internado a su hijo en el Hospital de la Niñez Oaxaqueña doctor Guillermo Zárate Mijangos y escuchar las indicaciones de los médicos del Hospital Regional de Alta Especialidad que le enseñaron a dializarse hace dos años, le hizo entender a Angela las medidas de higiene que debe tener Leobardo.


No pudo hacerlo luego de que Leobardo dejó el hospital, sino apenas en 2018 ella empeñó las escrituras de una precaria casa, levantada con madera y láminas en la parte más alta de un cerro de la agencia de San Martín Mexicapam. A cambio recibió diez mil pesos.


Ese dinero le permitió a Leobardo tener un cuarto de diálisis, con paredes de tablaroca, la única división que hay en dos piezas separadas por el desnivel de la pendiente natural del suelo.


Mitad del interior de la casa es para Leobardo. Además de su cuarto de diálisis, una buena parte la ocupan las 15 cajas con el material para extraer los líquidos que su único riñón ya no puede procesar.


Sin empleo por ser enfermo crónico


Para recibir ese material cada mes, entre su madre y sus dos hermanos debieron contratar un seguro médico particular por el que pagan mil 800 pesos que consigue si trabaja 12 días completos manejando un mototaxi.


“Nadie me quiere dar trabajo, he ido a la Central de Abasto o algún lugar donde pueda ser cajero, porque me capacité en computación, pero no se quieren arriesgar, me dicen que es una enfermedad que necesita mucha higiene”, dice con una voz adelgazada por la tristeza.


Manejar el mototaxi le permite regresar a su casa cada cuatro horas a realizar el proceso de diálisis. El resto del día el catéter en su abdomen izquierdo lo cubre con gasas y un fajero de bebé.


Sin dinero para medicamento


Sus dientes están carcomidos por la ausencia de calcio, su piel está seca, su cuerpo adelgazado por la enfermedad, la pobreza y la preocupación que desde hace dos meses se dejó de inyectar heritropoyetina de 350 mililitros.


Una caja con diez ampolletas a aplicar una cada diez días le cuesta 3 mil 200 pesos, el propósito es mantener estable el nivel de sus glóbulos rojos. 


Cada mes va a chequeos al Hospital de Especialidades, paga cien pesos por la consulta, no incluye medicamentos.


El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reporta que la insuficiencia renal es la décima causa de fallecimiento en hombres. Angela y Leobardo temen que pronto él pueda ingresar a esas estadísticas, excluido de un sistema de salud que le subsidie su tratamiento o de la posibilidad de recibir un trasplante de riñón.

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