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El COVID-19 paralizó a Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Oaxaca de Juárez, vibrante corazón turístico, aquél que atrae con su cantera verde y que en estas fechas convoca al turismo religioso, quedó paralizado.


Los cientos de visitantes que cada año arriban por las festividades previas a la Semana Santa se diluyeron con las medidas preventivas que buscan evitar la expansión del COVID-19 en el territorio mexicano.


Los letreros pegados en las puertas de los inmuebles que hacen del Centro Histórico, patrimonio cultural de la Humanidad, muestran la rigurosidad de las medidas. 


“Por contingencia sanitaria se les informa que la biblioteca permanecerá cerrada”, “A partir de esta fecha el Museo de Arte Contemporáneo quedará cerrado hasta nuevo aviso”.


El Museo de los Pintores Oaxaqueños, el Museo Estatal de Arte Popular de Oaxaca, el Taller Rufino Tamayo, todos cerraron sus puertas.


Las iglesias, que por instrucción de la Arquidiócesis de Antequera Oaxaca permanecerán abiertas, pero sin celebraciones litúrgicas, también están vacías con excepción de la Catedral Metropolitana en donde algunos feligreses se detienen a rezar.


En Oaxaca, éstas son fechas en las que se desborda el turismo religioso principalmente convocados por la representación de la Procesión del Silencio y la Visita de las Siete Casas.


Únicamente el año pasado, esta temporada dejó una derrama económica de 387 millones de pesos con una presencia de 117 mil 836 visitantes y ocupación hotelera promedio del 65 por ciento.


Hoy, el escenario es completamente desolador, “Estamos en la incertidumbre, no sabemos qué vaya a pasar más adelante”, indica la presidenta de la Asociación de Hoteles y Moteles de la Verde Antequera, Laura Barranco.


Hoteles, en estado crítico


En este fin de semana la ocupación fue de sólo 4.86 por ciento, al menos cuatro hoteles estuvieron completamente vacíos, otros trabajaron únicamente con un huésped.


Tanto hoteles como restaurantes valoran cerrar sin fecha de reapertura, pues salvo los restaurantes ubicados en el zócalo y la alameda, los demás no tienen clientela.


“Tenía programado pasar una semana, pero en vista que las medidas se han ido endureciendo por el coronavirus me regreso antes de lo previsto a mi casa”, explica un turista de la Ciudad de México que pasea por el zócalo.


Es precisamente en esa zona en donde la vida parece no detenerse del todo.


Algunas familias comen en los restaurantes o en los puestos de comida que instalaron comerciantes informales, buscando ganar algo de dinero.


Los manifestantes apostados frente a Palacio de Gobierno descansan bajo la sombra de los laureles.


Algunos niños juegan entre las burbujas de jabón aprovechando las últimas horas antes de que la policía municipal inicie, conforme lo determinado por el Cabildo, con el operativo para hacer respetar la instrucción de quedarse en casa.


Julio, vendedor ambulante ubicado en el Jardín Labastida, se rasca la cabeza y luego contesta “no sabemos qué va a pasar,  ya no hay ventas, los pocos que pasan van rápido, ya no se detienen”.


Este lunes, por determinación del ayuntamiento capitalino, la policía municipal patrullará la ciudad para evitar que la ciudadanía tome la suspensión de labores como días de recreación en espacios públicos.

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