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Cumple oaxaqueño cuarentena en Francia

Foto(s): Cortesía
Redacción

La vida en Lille, Francia, ha sido casi de ermitaño para muchos estudiantes. Primero nos mantuvo encerrados el clima de invierno, similar al de Londres: es frío y la neblina y lluvia son constantes. Ahora estamos en cuarentena y se vuelve complicado ya que la mayoría de las personas viven en departamentos compartidos, que no son muy grandes; me refiero a que no todos tienen patio o cochera, así que la vida se reduce a una habitación, a cuatro paredes.


En los edificios, cuando el clima lo permite, las personas fuman en el balcón, o se asoman con frecuencia a la calle para ver quién pasa.


Es difícil burlar la claustrofobia durante tanto tiempo. No es normal para estas generaciones el aislamiento.


No sé a ciencia cierta si es peor la cuarentena solo o en familia.


Los números de divorcios en China aumentaron después de que las familias pasaron mucho tiempo juntas. Al parecer, el encierro las volvió insoportables.


Era de esperarse, la soledad es un factor importante para que se desencadenen ciertas patologías. Me sorprende que no se hable aún lo suficiente sobre el tema. Entre otras cosas, puede llegar la depresión, la ansiedad o ambas.


Las razones pueden ser distintas: la falta de dinero, las perdidas de empleo o la preocupación por la familia. Y el pánico que causa la enfermedad puede ir en aumento. Dudo que alguien salté de su ventana, pero el estrés y la depresión, junto con el aislamiento, se vuelven una combinación que puede afectar en muchas formas. 


En ocasiones pareciera incluso que es mejor dejar de leer los periódicos, pero es inevitable.


No es morbo, sino preocupante el número de muertos que va en aumento.


Las medidas de seguridad que se se vuelven más estrictas.


El número de países que comienzan a presentar casos de coronavirus. Y es triste la cantidad de personas que no quieren entender y salen de sus casas. Más triste aún es que haya personas que deben exponerse porque no tienen otra opción.


Yo el día antes de la cuarentena me quedé sin luz y no podía cocinar nada. Mis roomies (compañeros de cuarto) también se marcharon y el señor que lo repararía tardaría algunas horas en llegar.


Vigilancia policiaca 


Fui al centro por algo de comer y no había nada abierto. Tuve suerte de encontrar a unos árabes.


Me dieron mi Kebab para llevar y me senté en la fuente a comer. Mientras estaba ahí pasó la patrulla algunas veces, había unos seis soldados dando vueltas. Y en la Iglesia comenzó a sonar la oda a la alegría. 


De regreso pasé por la terminal. Funcionaban pocos y contados viajes. No todas las personas usaban cubrebocas, aquí también se acabaron.


La gente llevaba lo necesario, nadie cargaba tres o cuatro maletas. La policía resguardaba el lugar y el hombre de la limpieza, con guantes y protección, recogía hasta la basura más pequeña. 


Ahora la comida en las tiendas escasea. Entre más pequeño sea el lugar más vacío está. Es mejor ir a comprar a las tiendas grandes. Ahí aún se pueden encontrar varias cosas, no parecen tener problemas para resurtirse. Pero las pastas, los panes, los huevos y las sopas instantáneas, o sea, todo con lo que sobrevivimos los estudiantes, se termina pronto. Cerveza aún hay, vino no tanto. 


A la calle sólo podemos salir con un formato. En él especificamos las razones, la fecha y el tiempo. De lo contrario, hay multas y en algunos casos carcél.


La policía ronda la ciudad y es normal encontrarse alguna patrulla cada cinco minutos.


Extenderían cuarentena 


Las personas sin hogar fuman un 'gallo' (cigarro de mariguana) sin preocupaciones porque son los amos de la ciudad.


Los autobuses y trenes viajan con dos o tres personas. Otros prefieren la bicicleta. Y los pocos que salen a correr, parecen imantados, guardan una distancia prudente entre ellos. 


En la escuela intentarán que las clases sean por internet. Aunque en realidad son más tareas para mantenernos entretenidos, creo.


Al principio nos habían dicho que estaríamos encerrados hasta el 30 de abril.


Luego de ver los avances del virus y el número de personas que están contagiadas, parece que la cuarentena se extenderá hasta el quince de mayo.


Eso quiere decir que se acabarán las series por ver, las películas, los libros, las tareas, y habrá tiempo de sobra para aburrirse y aventar por las ventanas. 


Hablando de ventanas, hace poco leí un artículo sobre Hermann Schreiber, un octogenario de Italia que sufre de Alzheimer. Cada día acude a su balcón y mientras la gente aplaude, él toca su armónica.


La señora que lo cuida le ha hecho creer que todos las ovaciones son para él.  Aquí aún no se reúne así la gente ni hay atisbos de aplausos. Pero estoy preparándome para, llegado el momento, les pueda enseñar a los franceses quién fue don José Alfredo Jiménez. Tristemente, tendrán que conocerlo por mi voz.

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