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Artesanos y comerciantes, entre la necesidad y el miedo a enfermarse de SARS-CoV-2

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Al inicio de la pandemia, Adela de 62 años de edad se quedó en casa, guardó los tejidos que vendía sobre el Andador Turístico y esperó a que pasara la cuarentana.


Pasó un mes, dos y hasta cuatro sin que existiera un viso de luz.


Aquel tiempo lo aguantó con el poquito dinero obtenido en la venta de tortillas echadas a mano.


“Yo vendía mis tortillas, un poquito de blusas para ganarme unos centavitos. No dejé de trabajar porque necesito el dinero, por eso es que había que trabajar. Le da a uno miedo salir, pero ¿cómo se le va a hacer mamacita, cómo se va a hacer, vaya. Por necesidad hay que salir a ganarse unos centavitos, vaya”.


Su voz se oye ahogada por el cubrebocas casero que todos los días la acompaña en su jornada de venta sobre el zócalo y la Alameda de León.


Ella, al igual que cientos de personas que viven al día, salen a laborar entre la criminalización por vender de manera ambulante, el miedo a la COVID-19 y la necesidad de sobrevivir.


"¿Cuánto es lo menos?"


Adela es artesana de la Villa de Mitla, no tiene más ingresos que los diez o veinte pesos que gana por cada blusa, según le regatee el turista, pues aun viendo la penuria de la mujer adulta mayor, no tienen reparo en pedir “lo menos”.


“Han sido momentos difíciles. Yo lo que hago es comprar mi hilito, mi pedazo de tela, vendo una o dos blusas y luego compro más hilo y más tela”.


Cada pieza es elaborada en tres días o una semana y las vende en 200 pesos.


En el mismo punto de la capital labora El Payaso Sorpresa quien durante 17 años se ha dedicado a la elaboración de figuras de globos.


Al igual que Adela, los primeros cuatro meses de la pandemia se ausentó de las calles.


Para poder solventar los gastos de una familia conformada por cinco personas, tuvo que emplearse como chalán de albañil, con los que ganaba mil 200 pesos a la semana en una jornada de trabajo larga y cansada.


“Creo que mi labor en estos momentos es muy importante principalmente para los niños, más que nada para alegrarles un poco y no se queden con ese miedo, ese temor, pasarle un poco de nuestro humor, hacerlos reír, que se sientan bien”, explica con una mirada de angustia y preocupación frente al temor que día a día siente al salir a trabajar a las calles.


"No tenemos con qué para comer"


Con la intención de cuidarse, antes de trabajar El Payaso Sorpresa se coloca un cubrebocas casero evidentemente desgastado por las lavadas, se sanitiza con alcohol y se pone en los ojos la expresión más alegre que puede para tratar de transmitir un poco de felicidad.


“Ha sido muy difícil trabajar, muy muy difícil, pero sin embargo nuestro trabajo es salir adelante, echarle ganas porque no podemos quedarnos en la casa, no tenemos el sustento, no tenemos con qué para comer. Tenemos hijos, esposa y nos esperan con unos centavos. Cuatro meses fui chalán de albañil y fue muy complicado”.


Claudia es madre de familia de dos niños, uno de tres y otro de cinco años, es artesana de madera tallada en Santo Tomás Jalietza.


Para sobrevivir sale a vender figuras que ella y su familia elabora y pinta en copal.


“Nos dedicamos a la venta de botaneros, separadores, cucharitas y adornos. Como cinco meses no salimos porque no había turismo. Mi esposo se fue a trabajar como ayudante de albañil para sacar el sustento de la casa. El miedo de enfermarnos lo llevamos siempre pero ahora sí que vamos con mucho cuidado y precaución, sí nos da miedo pero la necesidad es la que nos hace salir”.

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