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La nueva epidemia en Oaxaca: accidentes en motocicleta

Caricatura de Mario Robles que ilustra la creciente epidemia de accidentes en motocicleta que se vive en el estado de Oaxaca.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

En Oaxaca, las motocicletas se han convertido en el vehículo de la prisa: son económicas, ágiles y en muchos casos la única alternativa real para trasladarse al trabajo, a la escuela o al mercado. Pero junto con su crecimiento también ha aumentado una tragedia silenciosa que se repite cada semana en carreteras, calles y caminos de terracería: los accidentes de moto. Ya no son hechos aislados ni “mala suerte”; son parte de una emergencia cotidiana que, por normalizada, parece invisible.

Los reportes hospitalarios y las escenas en las noticias locales lo confirman: cada vez llegan más personas lesionadas por choques, derrapes y atropellamientos en moto. Aumentan también las imágenes que se repiten con brutal frecuencia: motociclistas tendidos en el pavimento, ambulancias que tardan, familias que corren, y esa frase que siempre llega tarde: “si hubiera traído casco”. Porque la motocicleta, aunque parezca ligera, no perdona. No hay carrocería, no hay bolsa de aire, no hay margen para el error. En la moto, el cuerpo es el golpe.

Y en ese punto Oaxaca enfrenta un problema de salud pública que no se está tratando con la urgencia que merece. No hablamos únicamente de accidentes, hablamos de trauma craneoencefálico, fracturas expuestas, lesiones medulares, amputaciones y discapacidad permanente. Hablamos de jóvenes que dejan de caminar, padres que ya no vuelven a trabajar, madres que quedan con secuelas neurológicas. Hablamos de familias que se endeudan por una cirugía, por una terapia, por una ambulancia privada, por medicamentos que no estaban en el presupuesto de nadie.

El casco, en este contexto, no es un accesorio: es una diferencia entre vivir y morir. Sin embargo, en Oaxaca sigue siendo común ver motociclistas sin casco, con casco mal ajustado o con cascos que son más decorativos que protectores. También es frecuente observar una escena aún más dolorosa: menores de edad viajando como copilotos, y a veces incluso conduciendo. Niños y niñas que deberían estar protegidos, expuestos al riesgo más absurdo, cargando en su cabeza pequeña la posibilidad de una tragedia que nadie quiere nombrar.

Transportar menores en moto se ha vuelto parte de la rutina, pero eso no significa que sea seguro. Un niño no tiene fuerza para sostenerse en un frenazo. No tiene reflejos para equilibrarse. No mide el peligro. Y, aunque lo hiciera, no tiene por qué hacerlo. Un solo impacto puede bastar para que esa infancia se convierta en hospital, en funeral o en una vida marcada por rehabilitación interminable.

En los pueblos y ciudades del estado, las motocicletas también se han convertido en transporte familiar: padre, madre y dos hijos en una sola unidad. No por irresponsabilidad únicamente, sino por necesidad. Pero la necesidad no cancela el riesgo. Y el riesgo, cuando se materializa, no distingue si se trataba de ir a la tienda o de llegar al trabajo. La carretera cobra igual.

A esto se suma un factor incómodo pero real: la cultura de la velocidad y la imprudencia. Muchos accidentes no ocurren por fallas mecánicas, sino por exceso de confianza, por rebasar donde no se debe, por conducir bajo los efectos del alcohol o por convertir las calles en pistas. En varias regiones de Oaxaca, la moto también se ha vuelto sinónimo de juventud sin reglas: un escape rápido, una sensación de poder, una manera de desafiar la vida sin pensar en su precio.

Y el precio llega. Siempre llega.

Llega cuando el hospital se llena de lesionados cada fin de semana. Llega cuando el personal médico se enfrenta a emergencias que pudieron evitarse con algo tan básico como un casco certificado. Llega cuando los servicios de urgencias gastan recursos que podrían destinarse a otras enfermedades, pero terminan absorbidos por la misma historia repetida. Llega cuando el Estado tiene que pagar rehabilitaciones, cirugías, traslados, y cuando la economía familiar se desploma por semanas o meses de incapacidad.

Porque cada accidente no es solo una noticia: es una pérdida económica, emocional y social. Una motocicleta puede costar unos cuantos miles de pesos. Un accidente puede costar todo: la salud, el empleo, la estabilidad del hogar. Y a veces cuesta lo único que no se recupera: la vida.

Lo más doloroso es que muchas de esas muertes y discapacidades son evitables. No requieren una gran inversión, requieren voluntad: usar casco siempre, respetar límites de velocidad, no conducir alcoholizado, no llevar más pasajeros de los permitidos, evitar que menores viajen en condiciones de riesgo, y aplicar la ley de forma constante, no solo cuando hay operativos mediáticos.

Oaxaca necesita hablar de esto como lo que es: una crisis. No basta con lamentarse cuando ocurre el accidente; hay que prevenir antes de que suceda. Hace falta educación vial real, campañas permanentes, sanciones efectivas y una reflexión colectiva: la motocicleta no es un juego ni un lujo, es un vehículo de alto riesgo que exige responsabilidad.

La vida, al final, es frágil. Vale más que cualquier prisa. Vale más que llegar cinco minutos antes. Vale más que presumir velocidad o evitar un taxi. Vale más que una imprudencia.

Cuidarla no debería ser un acto heroico. Debería ser lo mínimo. En un estado como Oaxaca, donde la gente lucha todos los días por salir adelante, perder la vida por no usar casco o por subir a un niño a una moto es una tragedia que no solo duele: indigna. Porque la muerte no debería ser el costo de moverse. Y porque ninguna familia merece aprender demasiado tarde cuánto cuesta la vida.

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