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Macabrón: Padre e hija, amantes y asesinos

Macabrón
Foto(s): Cortesía
Alejandra López Martínez

Agencias

El capitán Manuel Sánchez López tuvo dos pasiones en su vida: el juego y su hermosa hija. Esta es la historia de un terrible crimen ocurrido en Madrid en 1913.

El 25 de abril de 1913 causó extrañeza la repentina desaparición de don Rodrigo García Jalón, viudo rico, con una fortuna de 90 mil pesetas, mujeriego, pasado de los 50 pero todavía de buen ver, con gusto por las joyas, presumido y jugador.

En su casa le echaron en seguida de menos porque aunque acostumbraba a pasar alguna noche fuera, o a improvisar un viaje, esta vez había olvidado su cédula de identificación y el revólver que solían acompañarle en sus desplazamientos fuera de Madrid.

Aparición de la misteriosa mujer

De pronto empezaron a pasar cosas extrañas. La tarde de aquel mismo día, una joven mujer de curvas sinuosas, embutida en un traje masculino, se atrevió a entrar en "El Círculo de Bellas Artes", catedral del juego, a sabiendas de que las mujeres tenían el acceso prohibido. 

La mujer tenía la intención de cambiar por dinero una ficha de juego de cinco mil pesetas, cantidad muy elevada para la época.

Acompañada por Antoñito, el botones, la hermosa hembra cruzó los salones del Círculo recreando las miradas de los socios. No obstante su indudable atractivo, no hubo manera de que el cajero accediera a sus deseos. Tenía éste la orden de cambiar fichas sólo a los socios y en especial aquella de tanto valor, que imaginó a quién pertenecía -al fin y al cabo no circulaban tantas de cinco mil-, hacerlo exclusivamente si al canje venía el propietario en persona.

Al seguirla hasta la calle, Antoñito pudo ver a la salida cómo la joven iba a reunirse con un cuarentón alto, de mostacho con puntas retorcidas en arco, mirada desafiante y porte lleno de arrogancia que vestía prendas muy desgastadas por el uso. Remataba su cabeza con un sombrero. La pareja se perdió entre la muchedumbre de la calle Sevilla.

El último día que vieron en el Círculo al desaparecido Rodrigo García Jalón iba vestido como para una cita galante: traje gris, camisa verde con rayas rojas, corbata de seda y sombrero de alas anchas.

Se despidió cambiando cinco billetes de mil por una ficha de juego roja con la cifra en dorado, con la justificación de que al sitio al que iba no quería llevar dinero. La ficha representaba la protección de sus caudales. Intentar cambiarla no fue el único error de esta pareja.

Identifican a la dama

La desaparición de un viudo adinerado llegó pronto a oídos de un avispado reportero de sucesos. Se llamaba Francisco Serrano Anguita.

Con ese privilegio adelantó la información sobre el misterio del hombre desaparecido el 2 de mayo, ocho días después de producirse, con referencias a la misteriosa joven que había intentado cambiar la ficha en el Círculo y de la cual -después se sabría- estaba enamorado el desaparecido.

La Policía ya estaba tras su pista y la había identificado como María Luisa Sánchez Noguerol, de veinte años, nacida en La Coruña, planchadora, hija primogénita de Manuel Sánchez López, capitán de la reserva destinado en la Escuela Superior de Guerra.

La Policía dispuso en seguida de informes sobre la conducta sospechosa del padre, de quien se conocía que era jugador y que estaba sin dinero, y hasta que entre padre e hija había una relación incestuosa. La joven había empezado a los catorce años a tener tratos con los hombres y se rumoreaba que había dado a luz dos hijos, ahora muertos, de su propio padre.

Pese a los minuciosos informes, el asunto no se presentaba nada fácil. La hipótesis con la que trabajaban los investigadores era que don Rodrigo García Jalón, dada su desmedida afición por las mujeres y su predilección por la hermosa «hija del capitán», pudo ser atraído por ésta al propio domicilio familiar con un propósito criminal. Allí, el enorme edificio de la Escuela de Guerra se prestaba a la ocultación de un delito de la mayor gravedad.

Hallan evidencias del crimen

Pero no fue hasta el 20 de mayo, gracias a una sacrificada investigación por el alcantarillado de Madrid, cuando avanzó la investigación, encontrándose justo en el lugar del desagüe del domicilio del capitán Sánchez López restos que podrían pertenecer a un cuerpo humano.

Pero no fue hasta la madrugada del 22 de mayo cuando se encontraron en la vivienda hábilmente emparedados los objetos del crimen: ropa -entre ésta una camisa verde con rayas rojas-, un martillo, un hacha, un machete y restos humanos que nadie dudó que pertenecían a don Rodrigo. Con esto en su poder, el juez volvió a interrogar al capitán y a su hija que hasta entonces lo habían negado todo. Volvieron a negar, pero de lo dicho en una confusa declaración por María Luisa y de otros indicios hallados pudo recomponerse lo sucedido.

Don Rodrigo García Jalón y la hija del capitán se habían conocido meses antes en el café de San Sebastián y se encontraron de nuevo a principios de abril en la calle de la Montera.

García Jalón, conocedor de la mala situación en la que estaba la familia y lleno de pasión, aprovechó para ofrecerse como protector a María Luisa, así como brindarle alojamiento en su casa a ella y a sus cinco hermanos.

 

El día del brutal asesinato

El 24 de abril de 1913, con el fin de obtener la conformidad del padre, se reunieron en el domicilio familiar donde no había nadie porque los niños salieron al campo con el tío abuelo que los cuidaba.

Se sentó don Rodrigo García Jalón en el asiento que le ofreció María Luisa de espaldas a la puerta, y ella frente a él.

Comenzó entonces el seductor una larga charla galante. Pero no se dio cuenta de que a sus espaldas se entreabría sigilosamente la puerta por la que apareció la figura amenazante del capitán. En la mano empuñaba un martillo que alzó y sin dudarlo descargó el golpe brutal en el cráneo del desprevenido visitante. 

Sin perder un momento, Sánchez registró el cadáver; pero sólo encontró veinte duros y la ficha de juego.

Arrastró el cuerpo hasta una artesa donde cortó la ropa todavía esperanzado por si encontraba entre los pliegues algo de más valor, y cuando se persuadió de la inutilidad de su esfuerzo, con un hacha comenzó a destazarlo. Luego ordenó que la hija pusiera a hervir una sartén llena de aceite para disimular los olores.

Al rato se levantó con la cabeza del descuartizado tomada por el cabello para arrojarla al fuego. Siguió la separación de las manos y el destazamiento de los despojos. Las partes blandas fueron arrojadas por el retrete, y la osamenta por el hueco entre dos muros del piso superior. Padre e hija se dedicaron a la tarea de limpiar los rastros.

Aún cometió otro error el capitán. Necesitado de dinero para el juego Manuel Sánchez empeñó en el 41 de la calle Barquillo un reloj de oro con leontina, un dije y dos anillos fácilmente identificables.

Con tal cúmulo de pruebas, el fanfarrón Manuel Sánchez López, nacido en la provincia de La Coruña el 1 de noviembre de 1870, héroe de la guerra de Cuba, con antecedentes familiares de locura, fue condenado a muerte por un consejo de guerra por robo con homicidio, y su hija a veinte años de prisión.

El capitán, que siempre se declaró inocente, fue fusilado el 3 de noviembre de 1913 y enterrado en Carabanchel Bajo.

Su hija, después de mucho tiempo perdida en la locura, en la que rememoraba la muerte a martillazos de su maduro pretendiente, murió doce años después.

 

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