Agencias
Milton Harvey cogió su bicicleta amarilla de diez velocidades y se fue al banco a hacer unos recados para su madre. Tenía que entregar un cheque de 100$ para pagar una factura de la tarjeta de crédito. Sin embargo, el adolescente, de 14 años, jamás llegó a su destino. Un desconocido lo secuestró y asesinó brutalmente.
Dos meses después de su desaparición, en noviembre de 1979, su cadáver fue encontrado por un indigente cerca de un basurero. Milton fue la tercera víctima del denominado ‘asesino de los niños de Atlanta’, un serial killer que mató a veintinueve personas -la mayoría menores- entre la comunidad negra de esta ciudad norteamericana.
De prodigio a monstruo“Un niño prodigio”. Así describió el periodista español José María Carrascal a Wayne Bertram Williams durante su etapa como corresponsal en Estados Unidos. Nacido el 27 de mayo de 1958 en Atlanta (Estados Unidos), creció en una familia modesta y con buenos valores donde sus padres se dedicaban a profesiones de lo más creativas. El padre, Homer, era fotógrafo del diario Atlanta Daily World, y la madre, Faye, trabajaba como profesora.
Gracias a esa mezcla, el pequeño comenzó a desarrollar un especial interés por la fotografía, aunque la radio y el periodismo terminaron por encandilarlo. Tanto es así que, con trece años, construyó en el desván de su casa su primera estación radiofónica casera, la WRAP. Diariamente, Wayne mezclaba la retransmisión de música con la locución de noticias. Aquellas dotes comunicativas le hicieron muy popular en su barrio y en dos años, logró que su emisora progresase.
Se matriculó en la Universidad de Georgia (jamás terminó la carrera de periodismo), trabajó en programas de radio, también como fotógrafo y reportero para televisiones locales, y emprendió proyectos como freelance. Uno de estos tenía que ver con el mundo de la producción musical. Wayne buscaba jóvenes talentos para formar grupos de éxito como, por ejemplo, The Jackson Five.
Ideó Gemini y se dedicó a deambular en su vehículo por los distintos barrios de la comunidad negra de Atlanta en busca del nuevo Michael Jackson. Se acercaba a menores de edad, charlaba con ellos, les pedía que hiciesen una audición… Todo ello ocurrió al mismo tiempo que numerosos niños negros desaparecieron y murieron asesinados de forma misteriosa.
El perfil de ‘ATKID’El primero de los crímenes que se atribuyó al llamado ‘ATKID’ (la sigla que el FBI puso al ‘Atlanta Child Murders’, el ‘asesino de los niños de Atlanta’) fue el de Edward Hope Smith. Desapareció en julio de 1979, con apenas 14 años, y su cuerpo se descubrió una semana después en una zona boscosa. Recibió un tiro en la espalda. Cuatro días después y no muy lejos de allí, localizaron el cadáver de Alfred James Evans, de 13 años. Fue estrangulado.
A Milton Harvey, de 14, se lo encontraron cerca de un basurero tras salir a hacer recados en su bicicleta. En cuanto a Yusef Ali Bell, de nueve años, lo estrangularon y dejaron su cuerpo en una escuela abandonada. La Policía tan solo contaba con una única pista: el testimonio de un vecino que aseguró ver cómo se subía a un “coche azul”.
A partir de marzo de 1980 y hasta casi el mes de noviembre, las autoridades investigaron una docena más de asesinatos de jóvenes afroamericanos, la mayoría menores de edad, que tras ser secuestrados fueron golpeados, estrangulados o disparados y a los que encontraron en parajes boscosos o cerca de contenedores de basura.
La prensa, que ya se refería al responsable de estos crímenes como el ‘asesino de niños de Atlanta’, provocó que el FBI quisiese tomar cartas en el asunto ante la inacción de la Policía de Atlanta para encontrar y seguir pistas.
Durante los tres años que duraron los asesinatos, la ciudad se sumió en el pánico, los padres prohibieron a sus hijos jugar en la calle e, incluso, desde el Ayuntamiento se impuso el toque de queda.
De la mano de los analistas del FBI Roy Hazelwood y John Douglas, procedentes de Unidad de Ciencias del Comportamiento en Quantico, se desarrolló un perfil de la persona que estaba matando a los niños. Al igual que sus víctimas, el responsable era afroamericano porque, según el informe, una persona blanca “no podía viajar fácilmente en vecindarios negros sin crear una gran sospecha”. Y todo pese a que “un asesino en serie afroamericano era inusual”.
En cuanto al patrón de sus víctimas era siempre idéntico: mayoritariamente niños y jóvenes afroamericanos que vivían en el mismo área de Atlanta y que se conocían entre sí. Todos los detalles de lo que el FBI bautizó como el caso ‘ATKID’ trascendieron a la prensa y llevó a la comunidad negra a formar patrullas ciudadanas provistas de bates de béisbol, las ‘bat patrolls’, para recorrer las calles en busca del asesino.
Entonces, el patrón de los crímenes cambió. El serial killer jugó al despiste y comenzó a buscar otros perfiles de víctimas y a abandonar los cadáveres en el río Chattahoochee. Hasta ahora, las evidencias que poseían las autoridades eran varias fibras: una especie de tejido de alfombra y otra de pelo de perro. Pero con los cuerpos en el agua, el hallazgo de pruebas se complicaba.
El ‘chapoteo’Cuando los asesinatos alcanzaron la cifra de 24, Douglas propuso que los agentes de la zona hiciesen turnos para vigilar puentes que diesen al río. El analista del FBI estaba convencido que el responsable volvería a actuar y que podrían pillarle in fraganti. Y así fue.
Una patrulla vigilaba un puente sobre el río Chattahoochee cuando uno de los policías escuchó un “fuerte chapoteo”. “Sonaba como un cuerpo entrando al agua”, aseguró el agente Bob Campbell en la CNN. Observaron el lugar y vieron cómo un Chevrolet blanco del año 70 daba la vuelta y cruzaba el puente. Eran casi las tres de la madrugada del 22 de mayo de 1981 y, al volante, se encontraba Wayne Williams, de 23 años.
Los oficiales detuvieron el vehículo y le preguntaron el motivo de su viaje. Williams respondió que estaba comprobando la dirección de un local donde tenía previsto hacer una audición a una cantante a la mañana siguiente. Les facilitó el nombre del pueblo y el de la joven, además de un teléfono. Lo dejaron marchar. Pero dos días después, otro cadáver apareció en el río. Era Nathaniel Cater, de 27 años.
El nuevo crimen y que Williams mintiese sobre su coartada fueron el detonante para su inmediata detención. Además, en los registros de la casa y del coche hallaron pelo de perro y fibras de alfombra compatibles con las encontradas en una de las últimas víctimas. Las pruebas incriminaban directamente al productor musical.
Tras su arresto el 21 de junio de 1981, tan solo fue acusado de los cargos por asesinato en primer grado de Nathaniel Cater y Jimmi Ray Payne, los hombres hallados en último lugar. La Policía de Atlanta y el FBI no pudieron demostrar que Williams perpetró los otros veintisiete crímenes.
El juicio contra el cazatalentos se inició el 6 de enero de 1982 en el condado de Fulton y durante cinco meses, tanto el juez afroamericano Clarence Cooper como los doce miembros del jurado (ocho personas negras y cuatro blancas), escucharon el testimonio de testigos oculares que relacionaban al acusado con sus víctimas antes de los homicidios y vieron las pruebas circunstanciales en cuanto a las fibras se refiere (finalmente, se desecharon). “No se puede condenar a una persona con simples pruebas de fibras textiles”, dijo una de las asistentes al juicio.
De hecho, los familiares de las otras veintisiete víctimas llegaron a creer en la inocencia de Williams y la necesidad de “investigar hacia otros caminos” para encontrar al culpable. “Estoy convencida de que Wayne Williams es inocente”, dijo Camille Bell, madre de uno de los niños asesinados.
La abogada del acusado encauzaron su defensa hacia la inocente apariencia de su defendido y de la imposibilidad de que el joven, muy bajito y si apenas fuerza, pudiese asesinar y, menos aún, estrangular a dos hombres con dimensiones mayores a la suya.
La justicia norteamericana está convencida de su culpabilidad. De ahí que en diciembre de 2019 le denegasen la última apelación para obtener la libertad condicional. Hasta noviembre de 2027 no podrá presentar un nuevo recurso.
Mientras tanto, el ahora sexagenario se pasa los días leyendo novelas de espías, viendo los deportes en televisión o hablando por teléfono con algunos de sus familiares. Tal y como aseguran algunos de los funcionarios de prisiones que le conocen, Williams es un “buen recluso” con una vida marcada por el crimen.
