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Charles Schmid, el siniestro verdugo de adolescentes

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Charles Howard nació el 8 de julio de 1942 en Tucson (Arizona), pero su madre biológica rehusó a su crianza y lo entregó en adopción al día siguiente de su nacimiento. Charles y Katherine Schmid, dueños de una afamada residencia de ancianos de la zona, pasaron a ser sus padres legales.

Este matrimonio con alto poder adquisitivo colmó de atenciones al pequeño. Sin embargo, la mala relación de la pareja derivó en un desagradable divorcio, lo que llevó al ya adolescente Charles a buscar a su madre biológica. Cuando logró dar con la mujer, ella lo ahuyentó y le pidió muy enfadada que no volviera a buscarla jamás. Lo hizo sin contemplaciones.

Hasta comienzos de 1960, Charles fue un alumno destacado en comparación con sus compañeros, especialmente en gimnasia artística, donde participó en el Campeonato Estatal y ganó varias medallas en las modalidades de anillas y barra fija. Además de su éxito en el deporte, le acompañaba una personalidad carismática, amable, sociable y muy divertida. A todos les gustaba quedar con Smitty, como le apodaron cariñosamente. Especialmente, el sector femenino.

No obstante, todo se fue al traste cuando fue expulsado por robar herramientas de uno de los talleres del instituto. Aquello supuso un punto de inflexión: decidió no regresar a clase ni graduarse. Además, dejó la residencia familiar principal para instalarse en la pequeña cabaña habilitada justo detrás donde se pasaba el día organizando fiestas con cerveza para los alumnos de su antiguo instituto, y todo financiado por su madre, que le pasaba 300 dólares mensuales.

Pese a sus veinte años, Charles seguía comportándose como un crío de quince, relacionándose con adolescentes y visitando la Escuela Secundaria a bordo de su descapotable rojo. Cuando él llegaba “todos venían corriendo”, llegó a confesar Richard Bruns, uno de sus mejores amigos durante aquella época. “Era un chico guapo, un ídolo, el héroe adolescente, el salvaje y genial Smitty, el ideal de los padres”, aseguraba Bruns.

Richard Bruns y John Saunders fueron los dos amigos incondicionales de Charles y, alrededor de ellos tres, orbitaba una multitud de chavales con ganas de contravenir las normas y pasarlo bien en Speedway Boulevard, una zona de hamburgueserías, autocines y locales de moda, donde se reunían para beber y ligar. Allí Charles era el rey de los adolescentes. Todo un imán. De ahí que, aparte de Smitty, sus colegas le apodaran ‘el flautista de Hamelín de Tucson’, porque nadie podía escapar a sus encantos. De hecho, tenía fama de rompecorazones y de jactarse de sus conquistas sexuales.

Y todo pese a que Charles no gozaba de una belleza clásica. Debido a su baja estatura rellenaba las botas con trapos y latas de metal para aparentar ser más alto. De hecho, su forma de caminar era tan peculiar, que hubo rumores de que tenía los pies de madera. “Una de sus botas estaba en un ángulo extraño, como si su pie no estuviera dentro. Señalaba hacia la izquierda, doblado por el tobillo”, describió Joyce Carol Oates en el cuento que escribió inspirándose en su historia.

Además, se tiñó el cabello de negro y se peinó un tupé, se oscureció el tono de piel con pastillas autobroceadoras, se dibujó un lunar en el rostro, y todo con tal de parecerse a su ídolo, el afamado Elvis Presley. Incluso se vendó parte de la nariz para añadirle un toque de rudeza a su cara, aunque él siempre aseguró que lo llevaba tras haberse roto la nariz en una pelea. Si bien Charles lucía un aspecto emperifollado, aquello no hizo más que facilitarle las cosas. Todos caían en sus redes.

Matar por diversión

Richard y John se convirtieron en sus escuderos más fieles, lo acompañaban a cualquier parte y, si había fiesta de por medio, ellos eran los primeros en apuntarse. Sin embargo, Richard fue de los primeros en ver el sustancial cambio en la personalidad de Charles. “Fui testigo de cómo perdió la cabeza. Como la vez que agarró a su gato, le ató una cuerda pesada a la cola y comenzó a golpearlo sangrando contra la pared”, explicó. Entonces, el asesino se volvió hacia él, y exclamó: “Sientes compasión, ¿por qué?”.

La falta de empatía sumado a un exacerbado afán de protagonismo forjó en Charles la necesidad de cruzar el límite de lo legal y saber lo que se sentía al matar a alguien. Nadie lo creía capaz de llevarlo a cabo, hasta que lo hizo. La víctima elegida: Alleen Rowe, de 15 años y amiga de su novia Mary French.

El 31 de mayo de 1964, el flautista convenció a Mary para que organizara una doble cita a la que asistiría Alleen como acompañante de John. El supuesto plan era dar una vuelta en coche, conocerse mejor, echarse unas risas y terminar haciendo botellón en el desierto. ¿Quién se podía negar?

Alleen aceptó de buen grado: conocía de vista a John y le parecía un chico atractivo, así que se subió al coche y disfrutó de los pocos minutos que le quedaban de vida. Al llegar al páramo, Charles la instó a acompañarle para dar una vuelta. Entre tanto, Mary se quedó escuchando música en el coche y John algo rezagado a unos metros de distancia.

De improviso, el asesino noqueó a la niña por detrás y empezó a violarla. Cuando terminó, intentó estrangularla, pero como la víctima se resistía, John intervino para ayudar a su amigo. Entre los dos le destrozaron la cabeza con una piedra enorme. Una vez muerta, Charles avisó a Mary de lo ocurrido espetándole un: “La matamos. Te quiero muchísimo”. Acto seguido, los tres cavaron una tumba y enterraron el cadáver de Alleen en medio del desierto.

Las autoridades catalogaron la desaparición de la menor como voluntaria y no forzosa por las declaraciones de sus tres amigos. Ellos simplemente contaron a la policía que la joven se había rebelado y que quería escapar de su casa. Nadie puso en duda sus testimonios.

Ahora bien, de cara a su grupo de amigos, Charles se jactaba del asesinato de Alleen y fanfarroneaba sobre los motivos que le llevó a quitarle la vida. “Mucha gente lo sabía, pero ya era demasiado tarde. Contarlo hubiera hecho que todo fuera más difícil para todos”, afirmó un estudiante del Instituto Palo Verde. De hecho, al menos treinta adolescentes, todos amigos del asesino, aparentemente lo habían escuchado alardear y ninguno quiso delatarlo.

“Lo hice por diversión”, le soltó a uno de sus íntimos, Richard, cuando se lo confesó en privado. En ese momento, el menor pensó que era otra de sus monumentales mentiras, como cuando se inventó que traficaba con la banda motera de los Ángeles del Infierno. Hasta que el tiempo le demostró que se equivocaba.

Las hermanas Fritz

El 31 de mayo de 1964, Schmid decidió asesinar a Alleen Rowe, una estudiante de secundaria que vivía con su madre divorciada. Su novia, Mary French, había persuadido a Rowe para que saliera con Saunders, pero Schmid siempre había tenido la intención de asesinar a Rowe para saber qué se siente al matar a alguien. Schmid y sus amigos llevaron a Rowe al desierto, donde Schmid y Saunders la mataron. Antes de asesinar a Rowe, Schmid le ordenó a Saunders que la violara , pero no pudo hacerlo. Mientras ocurría el asesinato, French esperaba en el auto y escuchaba la radio. Luego, los tres la enterraron.

Una de las muchas novias de Schmid fue Gretchen Fritz, hija de un destacado cirujano cardíaco y líder comunitario de Tucson. Schmid le confió a Fritz que había asesinado a Rowe. También hubo rumores de que Fritz sabía de un asesinato anterior sin fundamento que supuestamente cometió Schmid. Cuando decidió romper con Fritz, ella amenazó con usar la información en su contra. Schmid estranguló a Fritz y a su hermana Wendy el 16 de agosto de 1965. 

Schmid le confió a Bruns que asesinó a las hermanas y le mostró los cuerpos, enterrados al azar en el desierto. Bruns temía cada vez más que Schmid fuera a asesinar a su novia. Finalmente, Bruns huyó a Ohio porque los padres de su novia estaban convencidos de que la estaba acosando. Bruns se quedó con sus abuelos y les contó todo lo que sabía sobre los asesinatos y voló de regreso a Tucson para ayudar con la investigación.

El final de sus días

‘El flautista de Hamelín de Tucson’ fue declarado culpable de los tres asesinatos y condenado a: cadena perpetua por el asesinato de Alleen y a la pena de muerte por cámara de gas por el de las hermanas Fritz. Al salir del juzgado, Charles sonrió y le susurró a su última novia: “Así son las cosas”. Su siguiente destino: el corredor de la muerte en la Prisión Estatal de Arizona.

Por su parte, John Saunders y Mary Rae French fueron sentenciados a cadena perpetua y a cinco años de prisión respectivamente por su participación en el asesinato de Alleen Rowe. La pena de la exnovia fue inferior a la del amigo por estar “bajo la influencia de un hombre mayor”, mantener una relación sentimental con él y, por tanto, ser incapaz de delatarlo por amor.

En 1971, la Corte Suprema de los Estados Unidos abolió la pena de muerte en Arizona y la declaró inconstitucional; en consecuencia, la sentencia de Charles Schmid fue conmutada por cadena perpetua. Con una nueva vida por delante, el joven participó en talleres de escritura y se convirtió en uno de sus alumnos más brillantes. Incluso intentó publicar una antología poética titulada The Unfinished Man bajo su nuevo nombre legal, Paul David Ashley.

El 20 de marzo de 1975, la carrera artística del ‘flautista de Tucson’ se truncó: dos presos le asestaron varias puñaladas en abdomen, pulmones e intestinos, y le sacaron un ojo. “El único lugar donde no había sangre eran sus labios”, señaló uno de los funcionarios que lo encontró medio moribundo.

Charles Schmid falleció diez días después y fue enterrado, a petición de sus padres, en el cementerio de la prisión. Ironías del destino, el camposanto de la prisión se encuentra precisamente en medio del desierto y no muy lejos del lugar donde arrojó el cuerpo de sus víctimas.

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